Un amable final

Burgos, Juan

Albert Pressac recibe al nuevo invitado al amanecer. Lo conduce en una camioneta por el valle que rodea su estancia. Diez minutos después sonríe al ver la cara del hombre cuando se enfrenta a la cascada que alimenta el pequeño lago.

– Es un Malbec –describe-; ciruela, canela, vainilla. Para mi, el mejor. Su final es amable, invita a seguir tomando.

El visitante baja, se desnuda, corre y se arroja. Da unas brazadas, se detiene en el centro y levanta un brazo entusiasta. Se sumerge y sale varias veces con los carrillos hinchados: traga y desaparece. Una hora después vuelve a la orilla tambaleante y se deja caer en el césped. Al mediodía –esta vez sólo- repite. Pressac lo encuentra a las ocho de la noche sentado en la orilla, de espaldas al lago, la mirada extraviada y un intento de sonrisa que le deshace la cara en un gesto patético. Se levanta y se deja caer en el Malbec.

El anfitrión espera una hora. En ese lapso, el hombre se zambulle dos veces, pero luego de la segunda ya no vuelve a aparecer.

– Nacho, vení, ya está. Encendé el horno grande. Acordate que mañana viene otro gran bebedor.