Duelo

Maronna, Mauricio

Ya no se vela a los muertos en sus domicilios. Es una forma de sacárselos de encima, de impedir que el dolor duela hasta el fin de los días, de evitar que la memoria toque campanazos en el cerebro cuando se ingresa al cuarto, generalmente el living, y nos encontramos con la realidad.

Las salas velatorias obnubilan, crispan. Hay olor a flores decrépitas, a muertos en vida. Todo es amarillo y frío. Menos ella, que viene a buscarme y me eleva. Tiene ojos color frutilla, piernas largas como el Obelisco y un andar angelical. Me lleva de la mano, abre un cuarto. Parece un jardín invernal.

Hacemos el amor como extraviados, la doble vuelta de llave es nuestra caja de seguridad. Clavo mi lengua hasta sentir las paredes de su interior. Sus muslos tiemblan afiebrados encima de una boca extra large. Acaba una, dos, diez veces. Me masturbo delante de sus encías impecables. Abre la boca y engulle mi sal.

“Ya no se vela a los muertos en sus domicilios”, me dice. Peina una, peina dos, peina cien. Abrimos el cerrojo, los pasillos están desiertos. Los únicos cadáveres son los nuestros. Fríos, duros, indolentes.

El aire de julio taladra mis huesos cuando llego al bulevar. Vomito la nada.

Y pienso en mamá.