El día de la verdad

Patricia O. (Patokata)

Me quedé petrificada de cara a la pared, haciéndome la dormida. Desde el living me llegaban tenues sonidos, ruidos de papel y cuchicheos. Mis reyes habían llegado y yo, con apenas 4 ó 5 años, no me atrevía a mover un dedo por miedo a romper el hechizo de ese instante.

Hacía tiempo que con mis dos hermanitas menores habíamos planeado quedarnos despiertas durante la noche de víspera de reyes para sorprender a los Magos in fraganti, pero ellas se durmieron y yo medio dormida, aunque no los vi, fui testigo de su llegada.

Me imaginaba a los camellos comiendo el pasto que les habíamos dejado sobre un papel, en el piso, bebiendo del agua dejada especialmente para ellos en un recipiente de plástico; junto a esto , tres vasos largos llenos de refresco y un platillo con rodajas de pan dulce para los Reyes.

Así, quieta y temerosa pero feliz, me dormí y al otro día no pude evitar jactarme delante de mis hermanas de que había escuchado a los reyes aunque no pude moverme.

Estaba feliz de saber que estuve a tan solo unos pasos de ellos… cuanta inocencia.

Me aferré a ése recuerdo un par de años después, cuando se me atragantó la merienda al momento de oír de boca de una compañerita de clase la confirmación de algo que ya había oído por ahí pero que me negaba a creer: ¡¡¡Me negaba a creer que los Reyes Magos eran los padres!!!

Lo primero que recuerdo de ése fatídico día es que me sentí ridícula, burlada, engañada, traicionada y sobre todo muy, pero muy, desilusionada.

Tendrían que existir formas menos crueles de enterarnos, cuando somos niños, que muchas de las cosas en las que creemos son sólo fantasías para el mundo adulto.