Zapatos vacíos

Godoy, Rud

Ya era noche avanzada de ese fatídico cinco de enero de 1986 y la gente en silencio se fue retirando. Yo tenía cinco años, había enviado la carta a tiempo y, con el pensamiento puesto en los Reyes Magos, me acomodé en una dura banqueta del amplio salón, teniendo cuidado de acomodar mis zapatos uno al lado del otro como me enseñó mamá. No sabía dónde buscar pasto para los camellos y, pensando cómo harían para entrar en ese lugar, me quedé dormido.

A la mañana siguiente sentí que alguien me sacudía suavemente para despertarme y me decía que me apurara, que ya era hora de ir al cementerio. Recordé que mis padres habían muerto ayer en un accidente y habíamos pasado la noche en la sala velatoria.

Al ir a calzarme encontré mis zapatos vacíos. No tengo claro si mi llanto desconsolado era por la pérdida de mis padres o por la enorme desilusión de que los Reyes me habían olvidado.

Más tarde, al llegar a la casa de mis abuelos, donde transcurriría el resto de mi vida, fue muy grande mi sorpresa cuando vi gran cantidad de regalos, restos de agua y pasto y hasta barro de las pisadas de los camellos.

No entendí mucho la mirada de mi primo, tres años mayor que yo, pero por fin dejaría de molestarme con esa burla de que los Reyes eran los padres.

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