Dios santo, viva el fútbol…

Francka, Camilo

La pelota cruzó la línea y se abrazó a la red, quizá en una demostración de deseo mutuo, de atracción sexual. Fue un abrazo sutil, que, aun siendo tenue, alcanzó límites insospechados de pasión. El balón, con el simple hecho de traspasar una raya que establece el condimento antagónico entre un grito y un atracón, fue a buscar a su media naranja, que aguardaba con los brazos abiertos y con la boca llena de gol. Allí estaba la red, para hacer posible la unión. Para fecundar ante la multitud la mejor obra que se haya visto dentro de una cancha de fútbol. Para consumar la esencia pura de este deporte universal. Para entrar en la historia. Para empezar a llenar los renglones del libro de la mitología humana con un Dios de carne y hueso. Para que el abuelo le explique al nieto de qué se trata el fútbol. Y miles y millones de “paras”.

Fueron testigos el sol, el calor agobiante, los fotógrafos, los espectadores, los periodistas, los televidentes, los oyentes, el mundo, el césped, la terna arbitral, los 21 futbolistas restantes, los cuerpos técnicos, los suplentes, los carteles publicitarios y los organismos de seguridad. Todos presenciaron un acontecimiento sobrenatural. Todos cayeron rendidos a sus pies: a partir de ese momento. Lo que parecía imposible pasó a estar dentro de lo posible.

Por única vez, los sentimientos abstractos dejaron de ser imperceptibles para transformarse en una realidad propia y tangible. Los objetos cobraron vida. Los sarcófagos quedaron deshabitados porque todos querían aplaudir.

Era el policía persiguiendo al ladrón. Era una escoba barriendo rivales. Era, hoy, una jugada de Play Station. Era muchísimo más que todos los tantos que se habían marcado hasta ese momento. Era la hora señalada para que nuestra vida cambiara por completo. Era la confirmación de que los extraterrestres existían, y que además podían jugar al fútbol. Era un tipo haciendo justicia por mano propia, pero atención: su genialidad era tan grande que le dio el cuero para ejecutar la “mano propia” con una zurda, más allá de que antes había recurrido a la frase en su estado más literal… Era Diego Armando Maradona haciéndole el segundo gol a los ingleses… Perpetuando su nombre en la cúspide… Eran innumerables sensaciones hermosas, pero lo lindo de la cuestión fue que Diego hizo en la realidad lo que todos los pibes sueñan en el potrero.

Y si Víctor Hugo Morales, mentor de un relato memorable, me lo permite, yo también “quiero llorar…” (¿Cómo no vas a estar perdonado?) de la emoción que me produce recordar aquel instante.