Albino, vino

Quiroga, Federico

Agradable viernes de verano, en los valles de Marlborough, donde los viñedos, las uvas y el vino son la vida, la vida y la vida de sus habitantes. Entre ellos, vino a encontrarse El Albino, tal vez el viticultor más sabio del valle, quien al vaivén de su mecedora, vivía el más valioso de sus días. En la habitación su venerada Valentina, con su vientre curvo y abultado, estaba por dar a luz, entre velas, varias doncellas y vapores de agua hirviendo.

“Ay, mi Valentina,” observó en voz alta El Albino, “más allá de la maternidad, tan bella y esbelta cual mejor botella de ámbar.”

El suave barrido de un bebé lo despertó de su Babia y una de las doncellas salió de la alcoba.

– ¡Valentina está bien, y el bebé bien vivo!

– ¿Puedo pasar? – habló El Albino no acostumbrado a pedir permiso.

– No todavía, mas podrá ver al bebé.

El Albino tuvo la voluntad de celebrar, ¿y qué mejor manera de hacerlo brindando por la sangre de sus venas que ahora corría en su hijo? ¿Y que mejor manera de hacerlo que con un buen vaso de vino? Y no cualquier vino, sino su vino, de sus uvas, de sus viñedos. Su vida.

Pobre Albino, tan sabio y tan bueno, que todavía no sabía que el bebé era morocho, velludo y retacón como su buen vecino, El Corcho.