De pura cepa

Chisleanschi, Beatriz

Sintió como la descuartizaban en hollejo, semilla y pulpa mientras ingresaba a un lugar tan grande que le producía temor. De a poco, simpáticos globitos que provocaban un aroma diferente al que respiraba en el campo, la invitaron a bailar. Eran muchas las que danzaban de un lado al otro en su nuevo lugar de residencia cuando de pronto, manos desconocidas la trasladaron junto a otras amigas a un sitio más pequeño al que cerraron con un tapón. La acostaron entre maderas donde quedó por años, preguntándose por qué. El tiempo transcurrió hasta que un día, después de un largo viaje, un señor vestido de blanco y negro sacó el odiado tapón. Se dejó caer en un recipiente de vidrio por donde podía ver mucho, todo. Miró para arriba y vio una boca de luz por donde escapar. Con su impulso tiró el recipiente que otro señor muy elegante intentaba tomar entre sus manos. Entonces decidió dar el gran salto y fue a parar justo allí, en medio del bolsillo de la lustrosa camisa blanca.