Por eso vino

Uriarte, Juan Francisco

Por eso vino. Los murmullos que cruzaban en todas direcciones el hospital, siempre tan perjudiciales para la salud, la tenían harta. Necesitaba volver, aunque sea unos días. La falta de compromiso de sus profesores no era lo que más lamentaba. Después de todo, para ser residente estaba aprendiendo mucho. Eso es lo que ella sentía. El chismerío barato era lo que agotaba su exigua capacidad de paciencia.

Por eso vino. La saturaban sus compañeras, que entraban en cualquier instante al consultorio para transmitir el último informe de las dos o tres “zorras” asediadas por los rumores. No importaba si allí adentro un pequeñín de dos años anunciaba entre llanto, gritos, lágrimas y mocos, un dolor de oído aún no detectado. Entonces ellas, las sagaces informantes de los últimos amoríos, pedían perdón y cerraban lentamente la puerta, escondiendo una risa adolescente, sin un ápice de vergüenza.

Por eso vino. Extrañaba el cobijo del campo, con su viento y su cielo, su olor y su paz. Extrañaba ciertos frescores de la casa antigua; los silencios de su padre y las preguntas de su madre. Anhelaba esos sabores… el pan casero de doña Eulogia; el queso fresco.