Reflejos dorados

San Martín, María Cecilia

La última vez que lo vimos fue en la nochebuena de 198…Habíamos alzado las copas para hacer el brindis correspondiente. El champagne estaba frío y burbujeante y las gargantas se estremecían ante la inminencia de ese primer trago de textura algo áspera y al mismo tiempo delicada, como una fruta arrancada del árbol. Algunos preferían sidra, así que se destaparon botellas, en medio de las bromas de a quién le tocaba el corcho y se beneficiaba con el casamiento, porque siempre para la ocasión hay alguna soltera o viuda; separada es difícil de encontrar en esas reuniones de familia más o menos tradicionales.

Él vestía una chomba azul con rayitas grises, pantalón vaquero y sandalias franciscanas, y al levantarse para brindar hizo ese gesto tan habitual de acomodarse el mechón de pelo que le caía sobre la frente.

Entonces descubrió, copa en alto, cómo su prima de 16 años lo miraba de una manera tan intensa, entregada, total, que para él, casado y al filo de los 40, le resultaría imposible soportarlo.

Después salió a la galería, tal vez pensando que el oro de esos ojos tenían el mismo color del champagne.

Y no volvió más.