Brasca, Raúl

Raúl Brasca
Raúl Brasca

Extractos de una entrevista realizada por Juan José Panno, María Vicens y Belén Andreozzi, el 28 de marzo de 2007.

El tamaño no es importante

1. Un texto corto es una microficción dependiendo del poder de sugerencia que tenga. Por ejemplo, La mariposa, de Salvador Elizondo dice: “La mariposa es un animal instantáneo inventado por los chinos”. Tiene la forma de una definición, pero el contenido desmiente la forma, es una microficción. Con respecto a las líneas, incluso se ha escrito que es toda prosa literaria que tiene longitud menor a una página. Para mí eso es tan general que no dice nada. De esa manera se pierde la discusión sobre las particularidades que tiene cada texto, y yo creo que hasta un poema se puede leer como microficción. Hay muchos poemas que puestos en un libro de poemas son inconfundiblemente poesía, pero en un contexto de microficción pueden ser microrelatos. La cosa genérica tiene que ver siempre por cómo se lee lo que se lee, y eso te lo da el contexto.

Lo esencial es invisible

2. Para escribir microficción hay que tener una idea clara de lo que se quiere decir. Renunciar a descripciones, renunciar también a la composición psicológica del personaje, porque implica que el personaje tiene que actuar en diferentes situaciones para que el lector pueda entender cómo es el personaje. Prestar mucha atención al sonido. Pero fundamentalmente en microficción es esencial más que lo que se va a decir, lo que no se va a decir. Todo el efecto que puede tener está sustentado en lo que no se dice, en la elipsis. El final de la microficción generalmente no es un final fáctico como lo es en los cuentos, sino que sugiere, dispara, más de una posibilidad. Y una vez que ya sabemos lo que vamos a decir y lo que no, hay que fijarse muy bien el orden en que se lo va a escribir. Eso también forma parte de la estrategia para lograr lo que uno quiere.

Todo vale

3. En microficción, sobre todo en textos que son muy elípticos, todas las lecturas valen y pueden ser muy variadas. Esa es la gracia de la microficción: darle una enorme participación a quien lee. En un artículo que hice, decía que una manera de concebir la microficción es como una carrera entre el autor y el lector, donde el autor coloca toda la ambigüedad que pueda soportar el texto, y el lector se ocupa se saltar acrobáticamente esas elipsis, esos abismos de ambigüedad.

Ingeniería literaria

4. Ser ingeniero me sirve mucho para la escritura, creo que todo sirve para todo. Sin el pensamiento sistemático relacionado con las ciencias exactas, yo sería otro escritor. La lógica se complementa con una cosa poética, que uno puede tener o no tener. Yo di clases de química muchos años en la universidad, y algunos alumnos me decían: “Pero yo esto no lo voy a usar en mi carrera, para qué lo estudiamos”. No hay que creer que aprendemos cosas que no usamos, siempre se usa todo lo que somos. Por otro lado, no es una cosa rara que alguien relacionado a la ciencia se dedique a la literatura. Lewis Carroll era matemático, Robert Musil era ingeniero; acá tenemos el ejemplo de Ernesto Sábato que era físico.

Teoría mínima y vital

5. Entre los libros de teoría sobre microficción argentinos tenemos el libro de David Brugnagmalovich, Microrelatos, el Breve manual para reconocer mini cuentos, de Violeta Rojo (una profesora venezolana, que tiene una edición venezolana y una mexicana). Esto no se consigue acá. Después está La micro-ficción bajo el microscopio de Lauro Zavala, donde él reúne sus artículos. Próximamente, si el Fondo de las Artes nos habilita la plata, estarán las actas del Encuentro Nacional de Microficción, que se hizo en Buenos Aires en 2006, organizado por Sandra Bianchi, Luisa Valenzuela y yo.

Corte y confección

6. Desde los Breves cuentos extraordinarios, que Borges y Bioy recortan y retitulan, se desarrolla lo que yo llamo “microficciones del lector”, porque el verdadero autor es el lector que encontró esa cosa que tiene una suficiencia semántica y le agrega un título que alimenta eso. Para mí eso es reescritura, es escribir sobre lo escrito. Hay un microrelato hermoso de Mark Twain, que se llama Mi reloj y dice: “Mi hermoso reloj nuevo adelantaba, pero lo mandé a componer y rápidamente dejó muy atrás a los mejores relojes de la ciudad”. Cuando hicimos la antología no teníamos la fuente y me volví loco buscándola por todos lados. Un día estaba leyendo Textos cautivos de Borges (que son las reseñas que él publicaba en El Hogar), y encuentro una sobre un libro de humor inglés del año 1937. En éste Borges da su teoría del humor y da como ejemplo el texto de Mark Twain que seguía a continuación: Mi reloj. Me dije, ¿de dónde lo habrá sacado Borges? Ahí empecé a desconfiar. Seguí buscando y encontré entre los cuentos de Mark Twain, uno que publicó en la revista Galaxi en 1874 que se llama Mi reloj. Era largo; lo que yo había leído era una partecita bien chica o una especie de resumen. Pero Borges no pone “Borges”, sino que se lo adjudica a Mark Twain. Mentira, porque tampoco es de Mark Twain. Ahí aparece otro tema de discusión: ¿quién es el autor de ese mini relato? ¿Mark Twain o Borges?

Autores varios

7. Algunos de los autores hispanoamericanos de microficción que me gustan son: Borges; Julio Torri (una autor mexicano que es el pionero en el género), Arreola, Monterroso, Denevi. De los jóvenes hay muchos: Pablo De Santis, Pablo Berti. No me quiero olvidar de nadie porque son amigos, quedo mal con media humanidad. Marcelo Birmajer, Juan Savia, Orlando Romano, que es tucumano, Juan Romagnoli, que fue publicado en El cuento varias veces, Roberto Perinelli, y todos los demás.

Bibliotecandado

8. Yo siempre que invito a microficcionistas a mi casa, cierro la biblioteca con llave, porque sé lo que yo haría en una biblioteca como la que yo tengo si fuera de otro.

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