Oche Califa

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Extractos de una entrevista realizada por Juan José Panno, María Vicens y Belén Andreozzi, el 21 de marzo de 2007.

La muerte en la literatura infantil

1. El dolor, el sufrimiento, la tristeza, la muerte también existen en la literatura para chicos. Son tópicos que existieron toda la vida en la literatura infantil. Esto no es nuevo. Los cuentos folclóricos, aunque no son cuentos para niños pero sí los incluyen entre sus oyentes, relatan historias truculentas. Ha habido una “época rosa” de protección al menor, que de alguna manera perdura, pero no tan respetada. Es esta cosa de no generarle conflictos, lo que para mí es una actitud más prejuiciosa que llevárselos. En las ediciones europeas es todavía notorio esto; no aceptan el dibujo grotesco, todo es bello.

Exceso de protección al menor

2. Hay sociedades que en determinado momento no quieren que se lea determinadas cosas y luego sí. Al pensar en los orígenes de la literatura infantil me acuerdo de la revista Pebete, de la década del veinte, y si la revisás, tenía publicidades de cigarrillos. El chico daría vuelta la página, sabiendo que eso no iba dirigido a él. Hoy esto sería un “escándalo mediático”, para utilizar un término de moda. Hay un exceso de protección, que en general termina en una suerte de moderno fascismo porque dicen: “No, esto es sexista; aquello es discriminatorio”. Es el autoritarismo de lo políticamente correcto, y terminás no hablando de nada.

Enseñar a escribir

3. Pienso que sí se puede enseñar a escribir, pero luego está todo en el talento personal. Hay una escritura que es posible; después los resultados hay que verlos. Igualmente, de la gente que va a los talleres, no todos quieren ser escritores profesionales; muchos lo utilizan como un lugar de expresión personal, encontrar un ambiente, un clima, un espacio donde compartirlo con otro. No todo se debe hacer para conseguir hechos tan espurios como el de ser un escritor profesional; sino que se puede disfrutar de lo que se escribe, lo que se escucha de la escritura de los compañeros, el conocer nuevas cosas para leer. Si de todo ese conjunto sale un buen escritor, mejor.

Leer a los hijos

4. A mis hijos les leía y les contaba, algunas veces sobre la marcha, algunos cuentos que inventé y que no son trasladables a la literatura. Tenían éxito; había que contarlos muchas veces. Hacía un juego, que luego supe que lo pautó Gianni Rodari (el escritor italiano), que es el cuento en el que uno va cambiando los personajes a propósito, porque lo ha contado muchas veces. Por ejemplo uno dice: “Por el bosque iba una niña que tenía una caperuza verde”. Y mi hijo corrige: “No, roja”. “Bueno- contesta uno- roja. Entonces un día su tía le dice”. “No- dice mi hijo- la mamá”. “Bueno, la mamá le dice que lleve un cajón de frutas”. “No, una canastita”. Esos juegos son cuentos interactivos, tenían mucho éxito con mis chicos.

La industria del libro

5. “El libro es igual que los zapatos”, decía Juan Bautista Alberdi. La literatura funciona como una industria: entonces el señor empresario necesita que su cuenta esté equilibrada, si le da ganancias mejor; necesita dirigirse con cierta certidumbre de éxito en el mercado y por lo tanto estandariza la producción. Eso es bastante visible en los últimos años en los que hay formatos instituidos. Esto presiona al escritor, que sabe que si escribe en una extensión o formato que no es viable, en términos industriales- editoriales, se va a quedar con el manuscrito en su casa. Eso es lo dominante, pero como Argentina tiene muchos campos culturales de alternativismo, aparecen modelos más arriesgados, ingeniosos, y algunos, justamente como traen lo distinto, les va bien.

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