Sorrentino, Fernando

Fernando Sorrentino
Fernando Sorrentino

Un clásico

1. Mi literatura se lee muy fácilmente porque siempre digo que yo trato de ser lo más clásico posible, yo no soy un escritor barroco. Creo que jamás, o muy rara vez, alguien va a decir “qué quiere decir esto”. Intento que cada oración mía sea más cristalina que el agua más cristalina de la vertiente. Por lo tanto leerme a mí es muy fácil. Es una cuestión de gusto personal. Como yo no puedo soportar leer los libros que no se entienden de entrada, a mí eso me molesta mucho…por ejemplo hay personas que escriben cuentos o novelas y tienen la costumbre de no poner el sujeto, entonces escriben: “caminó”, dijo. Y uno se pregunta, cuál de los dos personajes caminó, cuál de los dos dijo. Por qué tenés que hacer un esfuerzo en dilucidar algo que te lo tiene que dar el autor; esas cosas me revientan. Otra cosa que me molesta son las sintaxis enredadas, que a veces son para fingir profundidad, cuando en realidad se está ocultando ineptitud, el no saber manejar bien el idioma. Por eso a la hora de escribir, trato de no causarle a terceros el daño que no quiero que me causen a mí.

Contar una historia

2. Generalmente los tipos que son ineptos, que no entienden los libros, hablan difícil, quieren impresionar con las palabras que utilizan, que en realidad no quieren decir nada. Habitualmente los que escriben ese estilo de críticas, son personas que odian la literatura, porque no leen un libro para pasar un momento agradable, sino para torturarse y poder emplear en su crítica todo esa maquinaria de palabras raras. Pero, igualmente, la literatura no es cuestión de sencillez, sino de que me cuenten una historia. Yo he intentado leer libros que son una acumulación de palabras, por lo tanto a la tercer o cuarta página los dejo. Yo quiero que me cuenten algo. Por ejemplo, cuando leí la novela de Dickens, David Copperfield, a los trece años, quedé fascinado porque todo lo que se contaba ahí era interesante. Ese es un libro valioso para mí, cuando el escritor te despierta la necesidad de seguir leyendo. En cambio, cuando el escritor me presenta un ladrillo, donde yo encuentro nada más que obstáculos y dificultades, enseguida me doy cuenta de que estoy haciendo un esfuerzo intelectual que no sirve para nada. Entonces, quiénes son mis amigos: Dickens es uno, otro que es mi héroe total es Franz Kafka. La novela El proceso, creo que es la novela más hermosa que leí en mi vida, y eso que la leí como siete veces. Otros cuentos de Kafka, En la colonia penitenciaria y La condena que son maravillosos.

Denevi

3. Entre los argentinos, otro que me deslumbra es Marco Denevi. Denevi tiene Rosaura a las diez, que es una obra maestra; Un pequeño café es otra obra que me fascina. Los cuentos de Héroes del cielo también, y después tiene un cuento que ha pasado inadvertido, que está dentro del librito Falsificaciones, que se llama Una carta; ese relato es una vuelta de tuerca sobre la resurrección de Lázaro. Hay un lector que manda una carta a alguien con la siguiente reflexión: que si Jesús hizo resucitar a Lázaro, ese gesto es un gesto supremo, el que Dios haya, nada menos, que resucitado a un ser humano. Entonces ese ser humano resucitado, Lázaro, no va a morir en un accidente, ni lo van a apuñalar, ni va a morir de una enfermedad. ¿Y si Dios se olvidó de Lázaro? No va a morir nunca, ni tampoco se puede suicidar ya que Dios es un gesto supremo. Y sigue con ese tipo de reflexiones, que no son tan simples como yo digo, sino que hay que leerlo porque es literariamente perfecto, y cuando está por terminar da a entender que quien está escribiendo la carta es Lázaro.

Martín Fierro

4. A parte de Borges y Denevi, otro al que tengo en el podio es al Martín Fierro, me lo sé casi de memoria. Hay una estrofa que es perfecta, la que narra la llegada de la viruela al campamento de los indios, y como los indios pensaban que la epidemia se debía a una especie de castigo o brujería, matan al gringuito, un inmigrante. Entonces Martín Fierro cuando recuerda dice: “Había un gringuito cautivo/ que siempre hablaba del barco/ y lo ahogaron en un charco/ por causante de la peste/ tenía los ojos celestes/ como potrillito zarco” (1).

(1) animal que tiene uno o los dos ojos de color azul pálido, por carencia de pigmentación.

La vuelta

5. Del Fierro me gusta todo, pero la Vuelta es mejor todavía. Yo tengo mi teoría que he desarrollado más de una vez: en la Ida, Hernández quiso hacer un alegato político y social, es decir, demostrar cómo los gauchos eran arrastrados a la leva, explotados, etc. Y después, en la Vuelta es como si ya se hubiese puesto canchero y hubiera descubierto que podía hacer mucho más. Como si dijese “qué grande lo que he hecho, puedo hacer mucho más”. Entonces la Vuelta aparece llena de episodios novelescos, muchos personajes. Y hay una cosa muy rara; Hernández, cuando empieza la Vuelta, no sé si en el primer o segundo canto, viene hablando Martín Fierro, y de repente aparece un fragmento desde la voz de Hernández en el que dice: “Más que yo y cuantos me oigan/ más que las cosas que tratan/ más que lo que ellos relatan/ mis cantos han de durar/ mucho ha habido que mascar/ para echar esta bravata”. Es como si dijera: yo moriré y mis lectores morirán, pero el Martín Fierro va a ser eterno. Hernández tenía plena conciencia de la obra que se estaba mandando. Y el agregado, “mucha ha habido que mascar para echar esta bravata”, está diciendo que todo lo que hay escrito en ese libro está bien pensado, masticado; el autor sabe muy bien de lo que está hablando. Martín Fierro es un libro inagotable, cada vez que lo abro, encuentro alguna cosita que antes no había notado.

Literatura infantil

6. Con la literatura infantil arranqué por comparación. Me puse a mirar algunos libros infantiles en la editorial donde yo trabajaba que era Plus Ultra, y pensé que no podía ser tan difícil. Entonces, como yo tenía una historia para adultos, la limpié de ciertas alusiones que no eran aptas para niños, y lo volví a redactar. Era un tipo que contaba mentiras, un fabulador, y se llamaba Cuento del mentiroso. Ese libro se publicó en el año ´78, siempre digo que tiene la edad de mis hijas mellizas que nacieron el mismo año, el libro es un poco más viejo porque salió en julio, y ellas nacieron en diciembre. Después de esa primera incursión en literatura infantil no toqué nada más, y recién en el ´95 publiqué un segundo, y luego se amontonaron otros. En gran medida, a la hora de escribir para chicos, yo he tomado historias del folklore, alguna idea, con un pequeño grupo argumental empiezo yo luego a mentirme; al tener el núcleo es querer contar eso que no cuento, y después a medida que se va inventando, tergiverso, agrego o quito.

Lo importante es corregir

7. En el proceso de escritura lo que hago es, primero corregir y luego escribir todo de nuevo; vuelvo a corregir, y después a rescribir. Por lo general mis cuentos están rescritos siete veces. Y rescribo porque necesito el descanso, no es que escribo e inmediatamente corrijo, sino que escribo y lo dejo, cuatro o cinco días para olvidarlo un poco. Porque sino, como uno memoriza lo que escribe, no parece que está mal. En cambio cuando lo volvés a leer, después de olvidarlo, empezás a ver errores. Hago este proceso de reescritura hasta que siento estar frente a la redacción definitiva y ahí ya no lo toco más. Y no lo toco más es una forma de decir, porque cuando me piden un cuento para alguna antología, ya que estoy lo vuelvo a corregir, pero son correcciones mínimas.

Consejos

8. Si me piden consejos para escribir, una cosa que noto generalmente en la gente que empieza, es un defecto esencial, que viene a ser el padre de todos los defectos: ponen cosas que no son útiles para la narración. Por ejemplo: “subí al caballo con mis bermudas marrones”. Entonces le pregunto si es realmente importante que la bermuda sea marrón, o verde, o azul. Vos pensá, si en lo que sigue de la narración es importante que la bermuda sea marrón, está bien ponerlo, pero si no tiene nada que ver, es preferible no colocar palabras innecesarias, entonces: “Subí al caballo con mis bermudas”, si es que las bermudas son importantes, porque sino tampoco hace falta. Otro punto que me parece importante, es hablar de una cosa a la vez. Porque otra cosa que ocurre, y que se pierde en un laberinto, es cuando se intenta poner todo junto, en una especie de ovillo que enreda la lectura. Yo igual no doy talleres de narrativa ni remotamente, pero cuando me muestran un texto y me preguntan, en general los defectos que noto son esos.

Críticas

9. A medida que yo he publicado, las críticas que recibí en general han sido buenas. Lo que no he tenido es una gran difusión comercial. Noto que mi obra se difunde en otros países porque continuamente me traducen a idiomas, pero nunca un libro mío a vendido miles de ejemplares. Yo no puedo vivir de la literatura. Los derechos de autor los tomo como propina, cada tanto cobro, y es bienvenido. Pero vivo de mi sueldo de docente, sino sería una lotería, este mes me pagan, el otro no. Como docente estoy a punto de jubilarme. Empecé en el año ´68 a trabajar, así que debo haber tenido alrededor de tres mil alumnos. Y la verdad es que nunca me cansé de dar clase, sino que lo disfruto, y además soy un poco histriónico, entonces en el aula con los chicos yo también me divierto: inventando historias, fabulando, improvisando pequeñas obras de teatro, en las que hacía enojar a las chicas muy a menudo por lo fáciles que son de hacer enojar, las hacía pelear entre ellas. El colegio para mí era una terapia, porque muchas veces llegaba de mal humor y me volvía divertidísimo a mi casa después de la jornada. Al crearse un clima cordial, creo que era eso, los chicos me querían y yo los quería mucho, y la pasábamos bien.

Borges

10. El 2 de diciembre de 1968, me había sentado en la plazoleta que divide la Avenida 9 de julio y Belgrano, donde está la salida Moreno del subte. Estaba sentado en el borde de un árbol tomando un helado, distraído, y de repente de la estación Moreno sale Borges; solté el helado, tiré todo, y salí corriendo a su encuentro, como cualquier pibe que se cruza hoy a Maradona. No sé la cantidad de pavadas que habré dicho, pero en mi fanatismo juvenil le dije que era un gran admirador suyo. Por ejemplo le dije que sabía de memoria varios de sus poemas, y le recité El tango: “Dónde estarán pregunta la elegía/ de quienes ya no son…”. Lo sé de memoria hasta el día de hoy; y Borges me dice: “Que… que ganas de leer esas tonterías”. Habremos charlado tres minutos, y él siguió su ruta, y yo con mi corazón palpitante y emocionado volví a mis rutinarias tareas en mi trabajo. Al año siguiente, la misma editorial pequeña que me publicó el primer libro, tenía el proyecto de hacer una colección de entrevistas a diversos autores. Al estar en el círculo de la editorial me lo propusieron. Yo les expliqué que si la hacía, tenía que ser a algún autor que yo conociera y admirara: Marco Denevi, o Borges. Eran los dos que tenía bien masticados y digeridos. Decidí hacer el intento con Borges, pero como la editorial era diminuta no me dio ninguna infraestructura. Entonces yo partí de cero: fui hasta la Biblioteca Nacional, que quedaba en México y Perú, subí la escalera, di con los nudillos en la puerta del director, salió una mujer, y le dije lo que quería hacer. Me pidió que esperase un segundito, y yo siempre digo lo mismo: si en lugar de ser Borges hubiera sido un pelafustán, capaz que se hacía desear, me pedía que fuera otro día, etc. Pero Borges salió inmediatamente, “qué desea”, me preguntó. Y yo le expliqué, y él con total sencillez aceptó.

El libro

11. A partir de ahí, más o menos un día por semana, o cada quince días, cargaba mi grabador de cinta descubierta Phillips que pesaba 574 toneladas, y de Palermo me tomaba el 93, iba y grababa. Después en casa con la máquina de escribir lo desgrababa. Y ese trabajo, hecho con perseverancia, me costó bastante tiempo, hasta que quedó el libro totalmente redactado. Después vino la otra historia que fue conseguir editor; el libro que yo terminé a fines del ´71, recién fue publicado en el ´74. Pero también debido a una circunstancia política, porque como Borges hablaba pestes del peronismo, y era la época de Cámpora, sufrí el rechazo de editores por el miedo que tenían.

El ingenioso

12. Lo que más me impresionó fueron algunas cosas que él me decía con bastante perfidia, fuera de micrófono. Una vez bajando las escaleras, le nombré a un poeta del cual voy a resguardar su integridad, ya que falleció hace varios años, que era muy popular pero a la vez muy ridículo. Se lo nombré y Borges me contestó: “bueno, es muy difícil hablar de él sin calumniarlo”. Y como entrevistado era muy fácil, porque al ser tan inteligente, yo le quería hacer una pregunta boba y él le buscaba la vuelta para que la estupidez que yo le había preguntado se completara en una respuesta inteligente. Era muy fácil hablar con Borges. Lo que sí, como ya no veía, no sé qué imagen tendría de mí. Pero repito, en el fluir del pensamiento y en el ingenio que tenía, era asombroso. Hay otra cosa graciosa, porque Borges no era tan caballero inglés como se piensa. Hay una anécdota que no es completamente desconocida: en una época había un poetastro que lo perseguía a Borges por todos lados con sus manuscritos y quería una opinión. Y una vez este hombre le preguntó: “Señor Borges, ¿cuál es su poema preferido?”; y Borges que estaba harto, le contestó: “Mi poema preferido es uno que dice: en el medio de la plaza del pueblo de Pehuajó, hay un letrero que dice `La puta que te parió´”. Al instante se le ocurrían cosas graciosas, poseía una gran rapidez mental.