Transición

Cabrera, Rubén Faustino

De a poco se fue convirtiendo. Primero fueron las piernas -sobre todo la zurda-, la cintura, la velocidad, el corazón. Después fue la mano, también la zurda. Más tarde apareció la barba. Y a la cabeza, que antes había usado físicamente, se le sumó el cerebro.

“Chupate esa mandarina”, o algo parecido, según relatan las escrituras, les ha dicho a quienes pronunciaron su nombre en vano.

Le falta muy poco para convertirse por entero en un dios. Cuatro años más, tal vez. Y aunque todo el mundo lo venera, él reina en forma exclusiva en el cielo celeste y blanco de nosotros, los argentinos.

Nombralo. Se llama Diego Armando Maradona.