Aquel sábado penoso

Rodríguez, Dardo Justino

Un cuento de Andalén Ulmén, escribidor y zeneize

Se levantó temprano esa mañana. Era sábado y debía “hacer el día” antes de rumbear para la cancha. Cuatro mates excesivamente dulces y un pedazo de galleta bajaron hasta su estómago para ayudarle a pasar el madrugón. Si las lustradas eran suficientes, se podría dar el lujo de un par de choripanes y una gaseosa antes del partido.

El colectivo, repleto, lo vomitó en la recova. Retiró su cajoncito de la pizzería donde siempre lo guardaba y, una vez acomodado en la vereda, le dio fuerte al cepillo y la pomada.

Era mediodía cuando, guardadas nuevamente sus herramientas de trabajo, con los pesos en un bolsillo del vaquero desteñido y la entrada a la cancha en el otro, se decidió por el subte para llegar al estadio de los verdes. Su equipo, el de los santos, los otrora matadores, se jugaba una carta brava con los bichos colorados. El ganador permanecería en primera, mientras que al perdedor lo esperaban allá abajo, en la B, para jugar los sábados por la tarde.

Al darse cuenta de que ese día era sábado, un estremecimiento (pero muy, muy fugaz) le recorrió la espalda. ¿No sería una premonición esta fecha adelantada?

Los tablones de los verdes, los mismos que alguna vez cobijaran la pasión azul y oro, allá en la costa del Riachuelo, ya estaban llenos de gente. En ambos lados la esperanza latía fuertemente, pero uno de los dos saldría derrotado.

Todavía no había comenzado el partido, cuando ya estaba ronco de tanto vociferar. En el entretiempo, con el cero a cero y un penal errado, el presentimiento del subte lo ganó por un instante, pero lo espantó dándole fuerte al bombo de un vecino de tablón, que, cansado, miraba el cielo, tendido de espaldas sobre los maderos.

El penal acertado de los bichos fue un baldazo de agua helada para él y sus compañeros de tribuna, y la pitada final del árbitro los encontró mudos, aturdidos, sin fuerzas ni tan siquiera para gritar la impotencia de la derrota.

La opresión del pecho y la flojedad de las piernas le impidieron bajar las gradas. Nadie se movía de este lado, aunque el otro reventaba en un reverberar de rojos, gritos y cánticos de alegría. Tarde ya, con los tablones semivacíos, comenzó a bajar. Salió de la cancha y se fue caminando. No tenía ánimos ni para subirse a un colectivo. Los ojos le ardían y la opresión del pecho le subía por la garganta, pero no eran lágrimas, ¡no podían serlo!, porque un hombre de doce años no llora, aunque el mundo se le desplome encima.

Siguió caminando en soledad, rumbo a Boedo, mientras dos goterones salobres corrían, impertinentes, por sus mejillas.