La Santa Federación

Negretti, Mirtha

Los cascos del caballo rompen el silencio de la tarde que ya cae. El suelo reseco parece abrirse más ante la desesperación del hombre.

Se escuchan los resuellos del animal, el mozo se apea frente al rancho, busca un cuenco, lo llena de agua y se lo acerca.

Gervasio lleva la ropa hecha andrajos, sangra, va hacia el catre donde su padre, viejo y enfermo lo mira con ojos desorbitados.

-¡Tata me siguen los colorao!, tengo que d’ irme del rancho, ¿sabe? no me pude aguantar, le grité a un perro de Rosas: ¡Qué se vaya al carajo la Santa Federación!

¡Y se armó la pelea!

-¡Mi guacho valiente! márchese nomás, no se me deje degoyar, de güenas se ha

salvao.

-¿Y usté tata qué hará?

-Yo, ya no estoy pa nada. ¡Váyase! y no regrese ni por tata ni por prienda.

Gervasio no sabe qué hacer.

-¡Obedezca mierda!- a media voz grita el padre.

El gaucho sale, monta su zaino, se le nubla la mirada, se aleja, se pierde entre los espinillos.