Treinta de octubre

Agamennoni, Osvaldo

Salió en silencio de su casa, con treinta años cansados pero con la certeza de saber lo que iba a hacer. En el camino, los recuerdos comenzaron a aflorarle. La sirena desgarrando la fría madrugada, el silencio posterior, esa terrible quietud… esa nada congelada. Un arma apuntándole y el tiempo detenido. La respiración agitada como única y ensordecedora alteración, luego contenida. El ruido de sus pasos en las baldosas esfumó las imágenes.

Entró al edificio atiborrado de personas al que antes ya había entrado, con sentimientos parecidos, pero recuerdos distintos. Palpó el documento en el bolsillo. Mientras aguardaba en la fila volvieron las imágenes, incontrolables. Su cerebro desangraba, su alma se vaciaba, su espíritu se sosegaba. A su tiempo entró al cuarto, buscó ansiosamente lo que buscaba, lo puso en un sobre; salió rápidamente. Ya lo había hecho antes, pero ahora era distinto. Mientras ponía el sobre en la urna rogó, al silencio de su propio ser, nunca más sentir ese miedo.

Salió otras veces en silencio de su casa, con otros miedos, rumbo al mismo lugar, volviendo a rogar por otros nunca más, pero nunca volvió a hacerlo con la seguridad del aquel treinta de octubre.