Destinos

Giordano, Miguel Ángel

-No, no. Éste no -, se dijo a sí misma en secreto y siguió estática, en su sitio. Luego de transcurridos unos minutos ocurrió una escena parecida.
-A ver…, no, éste tampoco -, y se mantuvo quieta.
Después recordó aquellas palabras que en algún momento de su existencia, fueron como una delicada iluminación. Palabras surgidas desde lo más profundo de su ser, desde lo más recóndito de sus entrañas, que cada tanto sonaban como melodías jamás escuchadas y que a ella la hacían sentir diferente, única:
-Algún día aparecerá esa persona que verdaderamente te ame. Como tú, será alguien especial y cuando sus miradas se encuentren en la pupila del firmamento, sabrán que el momento ha llegado y que la espera terminó.
Más tarde, en un ámbito propicio, seguramente él te dirá palabras agradables, incluso palabras nunca pronunciadas y sentirás como tu ser vibra con cada letra y seguro, yo estoy seguro, que tu cuerpo abrazará al suyo y ambos copularán en medio del universo, rodeado de todos los astros, de todas las estrellas -.
Cuando más extasiada estaba con sus pensamientos, apareció alguien delante suyo. Ambos se miraron y el estuvo a punto de tocar su cara. Pero ella no sentía nada. De pronto, ese alguien tomó suavemente con su mano el cuello de una vecina y se alejó con ella.
Y así transcurrían los días. Cada tanto oía esa voz que le llegaba desde el fondo de su ser como un mensaje parido en la cuna de los tiempos y cual tsunami que todo lo arrasa, la envolvía en un sortilegio de hadas y de duendes y quedaba hechizada por esa magia única qué, tal un genio adentro de su lámpara, pugna por salir para compartir todos los deseos imaginables.
Ella, en su ensoñamiento, se transformaba en una odalisca ataviada de tules de todos los colores que parecía un inmenso arco iris contorneándose entre las nubes. O era una princesa de las Mil y una noches, hija de algún califa que se opone al romance, raptada de su castillo por su joven amante, en una noche de luna llena.
Por momentos se sentía Mata – Hari, en otros María Callas o la mismísima Madonna hipnotizando a su público.
Y ella, sabía muy bien de qué se trataba de todo eso. Ensueño, magia, romance, misterio, música, canto y baile. Dar y recibir amor. Dar y recibir placer. ¿Qué más?
-No, éste tampoco -. Y otro alguien que se aleja con sus vecinas, cual un libidinoso, con una de color blanco y otra de color negro.
-Sé que ha de llegar. Lo sé bien -, se decía para sus adentros y su adentro le respondía con un dulce canto de pájaros enamorados, con la alegría de niños en una mañana del seis de enero, con la libertad de un delfín brotando sobre el mar. Ese adentro le recordaba aquello que le dijo desde el principio:
-Tu llevas el exacto rayo de sol en tus entrañas y eso, querida amiga, eso es algo que nadie, nadie sobre la tierra te podrá quitar. Tú eres única y no debes entregarte mansamente a cualquiera. Sé paciente. Cuando menos lo esperes, la vida te ha de sorprender y el indicado te tomará con sus manos, acariciara tu piel, te sonreirá y se irán juntos para siempre -.
Y ella aguardaba mansamente, convencida de esas palabras, esperanzada. Su tiempo era un tiempo sin tiempo. Sus anhelos se cobijaban entre un murmullo de voces huecas que le llegaban a diario, algunas falsas, otras incultas. Voces que les eran ajenas y que se hallaban en mundos opuestos. Ella sabía, lo sabía muy bien que pertenecía a una casta totalmente diferente, magistral y que su alma…, ahhh su alma, ahí residía su mayor encanto, su mayor virtud.
También sabía, que su faz exterior, era la evidente muestra de una descendencia gloriosa a la que no cualquiera podía acceder.
Una tarde, cuando se hallaba en su habitual monólogo interior, una persona se detuvo ante ella, quien en un principio quedó abrumada, pero luego sintió como si desde su más profundo interior un fuego sagrado la abrasaba y un brillante rayo de luz explotaba hacia afuera. Era como si el propio sol estuviese allí presente.
Él le sonrió. Luego la tomó entre sus manos y acarició su piel. Enseguida la acurrucó en sus brazos y se alejó con ella de la estantería de vinos del supermercado.