El primer vino

Gaziano, Mirta

Se preparaba un día especial, todos esperábamos ansiosos que llegara.
Desde muy temprano comenzaron los preparativos y el gallo del vecino parece haber adelantado su llamado a la madrugada. Desde muy temprano se escucharon ruidos desacostumbrados, acomodos, corrimiento de muebles, puertas que se cerraban y abrían, hicieron que mi curiosidad pudiese más y me levanté también apresurada. No encontré quién me atendiera ni me dirigiera la palabra, opté entonces por atenderme sola y dar lugar en la cocina.
Cuando entré al comedor la mesa estaba tendida, el viejo mantel que bordara la abuela en sus años mozos, lucía ahora impecable tras las múltiples lavadas y usos de años anteriores, la luz de la lámpara bañaba los perfiles de las copas de cristal también pertenecientes al ajuar de la abuela, bandejas de plata habían sido sacadas de sus escaparates y lustradas hasta arrancar el mejor de los briíllos, cubiertos y enseres posaban en un lugar predeterminado para cada comensal, todos los años lo mismo, siempre igual, las tías preparaban todo con antelación, nada podía faltar, nada podía quedar librado al azahar, para las tortas nada mejor que los huevos caseros y fue así que en días anteriores eran revisados los gallineros con verdadero fervor y ningún huevo quedó bajo la paja de los nidos de las gallinas, porque sería inaceptable que algo faltara o fallara en ese almuerzo.
Los claveles blancos cortados esa misma mañana lucían impecables en sus floreros, en cada rincón estratégico de la cómoda enfrente de la mesa, los aromatizantes en sus cánulas, las frutas en sus bandejas de la antesala, las primorosas puntillas de los delantales adornaban las faldas de las tías.
Crecía la ansiedad del mismo modo que crecía y aumentaba el aroma de las comidas en los hornos de las cocinas, esencias de vainilla, crema a punto de nieve sobre los postres, ensaladeras rebozando verduras frescas y húmedas y en la vieja vitrola sonaba un tango sentimental y triste su lánguida serenata.
Todos estaban apurados y en carreras cruzaban la sala y respondían ceremoniosamente a las órdenes cortas y precisas de las tías: “¡¡Esteban, ate a los perros!! ¡¡José cierre las ventanas, solo deje los vuales!!! ¡¡Tengan a mano los destapadores de vino!! ¡¡Ana, Ana!! ¡¡Deje a cada costado del plato una servilleta!!”.
Nadie notaba mi presencia, y así poco apoco fui testigo silenciosa del ritual más celebrado en la casa de mis tías abuelas.
A mi me gustaba quedarme de las tías, nunca faltaba el café con leche recién ordeñada caliente sobre la mesa y pan casero, el dulce de leche y el queso de cabra, ese queso que los tíos comen con tantas ganas acompañados por las jarras de vino. Mis tíos que hablan en una mezcla de español e italiano, que ríen fuertemente sacudiéndose de manera casi ridícula y jamás olvidaré que me llaman semillita, porque yo soy petiza y menuda para mi edad, y ellos con sus bromas bonachonas me hacen chistes… “¡¡¡semillita aquí, semillita allá!!!”.
Unos golpes cortos pero fuertes en el pórtico y el ladrido de los perros me arrancaron de mis pensamientos…
“¡¡¡Llegaron, llegaron!!!”, dijo Yudith, la mayor de las tías…
Un revuelo de empleados ocuparon con rapidez su sitio, y la puerta del comedor se abrió y quedé alucinada…
“¡¡¡Mis abuelos, mis queridos abuelos!!!” Mis viejitos entraron y con ellos entró la vida, una brisa suave, un rumor de pájaros, una luz especial parecía envolverlos con un halo resplandeciente, “¡¡¡Amores míos, viejitos del alma!!!”.
Salí de mi escondite y dejé que me vieran y me paré adelante para abrazarlos, para sentir en mi mejilla la tersura de su piel apergaminada.
La abuela de blanco, con un collarcito de perlas, con su boca pintada rosada, sus ojillos celestes como los míos, sus ojitos que se posaron sobre mi y me envolvió entonces un manto de ternura, llevaba un saquito porque ella siempre tiene un poco de frío, y el abuelo, apuesto y manteniendo derecha su espalda, dando poder a su gestión, llevaba su viejo traje a rayas, su camisa blanca y un moño a modo de corbata. ¡¡¡Qué bella estampa!!!
Todos salieron a saludarlos y el abuelo dejando el viejo sombrero en manos de una empleada, se apresuró a descorchar la primer botella de la fiesta, los demás tomaron sus copa y recibieron el néctar violáceo color ámbar aromatizante de aquella botella perteneciente a la cosecha de hace medio siglo nacidas en la tierra, su tierra y del buen sol de Cafayate, todos brindaron levantando los brazos, yo quedé abajo, y miraba desde allí las cruzadas copas espumantes transparentando la vida que va y no se detiene.