El último vaso de vino

Mehrbald, Federico

Mientras se limpiaba el fondito de una copa sucia, un poeta miraba de reojo una carta que yacía sobre su mesa. El cantinero hacía lo suyo, y de fondo se escuchaba como destapaba una botella. El corcho sonaba con eco, poca gente habitaba el bar. William nervioso miraba el remitente y no se animaba a descubrir qué secreto placer ocultaba. La sangre roja recorría con velocidad su cuerpo. Un cigarrillo armado lo intentaba tranquilizar. Cuando por fin el brebaje mágico llegó, el jugo virgen se fue transfigurando al carácter del vino. Agarró una copa común ente sus dedos untados de transpiración, y vertió con locura su contenido. Miró la pared desquebrajada y soñó un segundo con los ojos abiertos. Pero se despabiló para probar su bebida. Una vieja tradición de escritura y casualidades, lo llevó a recibir correspondencia de una perfecta poetisa. Su respuesta, se hallaba al alcance de un niño y con sólo estirar la mano se podrían romper a los pesados nervios. La música era tranquila, y creyó oír la canción No love lost de Joy Division, pero no estaba muy seguro de ello.
Decantó un trago más para darse ánimo, fue su última ayuda. Tomó con desgano el sobre por un costado y lo observó detenidamente, como si fuera algo precioso y malvado al mismo tiempo. El papel absorbía la humedad de sus manos. Trenzó el papel y deseando que no fuera una hoja en blanco, encontró algo.

Sentiste alguna vez un gran hueco por dentro,
del tamaño de una gran angustia?
pregunto…
es extraño escribir cosas como estas:

La mar es una pelopincho de verano;
La noche, una caja vacía y oscura;
El sol, una linterna colgada del techo;
Vos, una marioneta de trapo tirada en la arena.

Preguntaría demasiadas cosas. ahora me siento angustiada.
diría otras tantas cosas. hoy presiento que le hablo al viento.

El vino era la compañía más seductora esa noche. Para un poeta era como su sangre. Cuando leyó las palabras de la carta, su mundo enmudeció. Empuñó la botella de nuevo para trampear el momento, y servirse unas lágrimas violáceas de emoción. Decidió en ese momento, funcionar como un inspirado y contestarle a tan gráciles letras. Arrancó una hoja de su cuaderno, y la recostó sobre la mesa de madera oscura, como quien acuesta a un niño de madrugada. Buscó una lapicera en el bolsillo del saco y comenzó a deleitarse.

Muchas veces sentía un vacío dentro mío,
como el tamaño de la sensación de un caramelo fizz?
te respondo que sí… en las noches se vuelve peor…
y más extraño escribir ¿como estás?

La suma de las partes del universo se baña el mar rojo;
Las estrellas reflejan desde la nada como es vivir;
El fuego del día se esconde dentro de los que sueñan;
Vos, con tu perfume y yo -somos actores del teatro de la vida

respondería que te quiero. y que no podré olvidarte.
trataría de callarme para ver lo que queremos decirnos con los ojos
no sé como seguir sintiéndome

Su contestación resaltaba con tinta en el tablón, cualquiera que pasase a su lado miraría sin dudarlo de una forma curiosa. La culminación le obsequió un momento de meditación. Prendió otro cigarro, el humo ésta vez rondaba por su cabeza. Tomó su último vaso de vino con pasión y se despidió del lugar, imaginando la suerte de su poesía abandonada en la mesa de un bar.

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