La amante

Rodeiro, María Inés

María Coria alzó sus casi 80 años de la silla y caminó hacia el espejo. Levantó sus manos y controló sus uñas. Largas, cuidadosamente limadas y rojas. Las llevó hacia su blusa estampada con flores y lunares pequeños y abrió uno a uno los botones, mientras contoneaba sus caderas al ritmo de Alcides. El aire denso del cuarto en penumbras comenzó a moverse en espiralado ritmo y fue cortado suavemente cuando la blusa cayó al piso. Apareció el corpiño negro, algo desteñido y con el encaje roto a un costado. Mientras bailaba, como jugando, asomaba un hombro y el otro ante el espejo.
Espejo grande, ovalado, con molduras, que la mostraba de cuerpo entero. Al fondo se veía la cama de hierro con formas ascendentes, blanca, desarmada.
Uno metido allí, en su intimidad, sentía que la violaba, que develaba algo de María Coria que solo estaba de puertas adentro. Ella, engañando al espejo, contemplaba el cuerpo de antes, joven; sin el busto caído, sin arrugas; sin la blandura y la flaccidez de ahora.
María había nacido para amar, mejor dicho para hacer el amor, así vivió y así vivía. Desprendió el cierre de la pollera dejando que cayera despacio al piso estucado, entonces apareció el calzón grande y deformado que ella no veía. Cómo verlo así, si era tan armonioso con su cuerpo aquella ropa interior negra y con encajes. “Así lo esperaré”- dijo María buscando la cama.
Le costó subir las piernas hinchadas, casi deformes y acomodar la cola ancha y blanda. Recostada, apoyándose en las almohadas esperó que el Morocho llegara. Uno espía por las rendijas de las persianas cerradas y ve a lo lejos la vieja bicicleta negriverde que trae al Morocho. Joven para ella, cara de manyín y aprovechador. Chomba celeste con vivos blancos, pantalones azules de empleado municipal y las zapatillas níveas, inmaculadas, resplandecientes.
María apaga la luz grande, observa otra vez sus uñas y las imagina cabalgando por la espalda del Morocho; ve el anillo de oro con las iniciales de su madre y se permite una sonrisa tierna y nostalgiosa. Prende el velador que derrama en la penumbra un haz cálido, envolvente, de luz dorada, entre ocre y amarillenta.
Siente la bici que frena, luego la voz del Morocho que dice “¿estás, mi reina?”-María sonríe, “está abierto” susurra y el Morocho entra a la sala, allí está el vaso y la botella de vino tres cuarto sobre la mesa, y a un costado brota, desde el cenicero de onix, el humo oscilante de un cigarrillo rubio casi recién encendido. Al Morocho se le ablanda el corazón, le sube en cataratas la ternura. El alcohol se va concentrando, los ojos se estiran hasta el camino dorado, amarillento, ocre, de la luz y la ve tendida, semitapada con el cubrecama de raso lavanda. Y entre la embriaguez, por haberse apurado casi todo el vino y las sombras, ve el cuerpo esbelto de aquella María joven y lo seduce el conjunto de negro encaje. Ya está dado el encuentro, ya el deseo y el goce borraron los límites del tiempo.
Amasados en esa atmósfera, pintados por la luz del velador y envueltos en lo que creen que son y son, se entregan al amor; y el pueblo, ignorante, a su rutina.