Robar a un ladrón

Broggi, Felisa

Fíjese usted. Las panderetas, un mantón español, tres tiaras, otras cosas desaparecieron de la tienda. Algún drogadicto entró a la tienda y se los robó. ¿Acaso cree que no me di cuenta? Lo que más me molestó es que su oficial me acusaba de que yo los había escondido para cobrar un seguro. Ni sé qué cuernos es eso. ¡Qué se piensa! ¡Podré ser mujer y, según él, descuidada con las trabas de la puerta, dejé entrar a cualquiera para que me roben, pero no soy ninguna tonta!
Supongo que hará algo, señor. Espero que aparezcan. Este negocito me lo armó mi marido. ¡Bonito marido tuve! ¡Era un borracho perdido! Sí, como lo oye: perdido. Pero una cosa debo reconocerle: me dejó alguito “para ir tirando”, me decía mientras se bajaba dos o tres litros de vino por día, en casa porque lo que tomaba afuera no tengo idea. Los chicos debieron dejar de ir a la escuela, ¡si no quién me iba a ayudar a juntar cosas para vender! Pero … le juro que yo no robé nada, mis chicos tampoco. Si mi marido lo hizo, problema de él. Sí, todos lo sabían; tomaba a todas horas y todos los días. Él sí metía la mano en cualquier casa, en cualquier momento y se aparecía con tapados, botitas rumanas (¿usted sabe qué es eso?), collares de perlas, cintos con tachitas de colores, pantalones usados y nuevos…
Un día, volviendo de mi hermana, encontré toda la casa hecha un revoltijo. Él había desocupado la pieza de adelante, había amontonado en la cama las cosas que sacó y en un mueble que no sé quién le prestó había acomodado como si fuera un almacén lo que iba trayendo.
“¿Qué es esto?” le pregunté. “Nuestro negocio”, me respondió. Largué una inesperada carcajada y él se enojó. Por poco no me saca un ojo de la trompada que me dio. Me ordenó vender lo que saqueaba y… tuve que hacerlo, señor. Por los chicos y por mí… no me quedaba otra. En unos días, él desapareció y yo seguí con mi tarea. Por ahí volvía. Un lunes una vecina me contó que su hijo lo había visto cuando a empujones lo hacían entrar en la cana. Ahora que él no está ¿quién va a robar para que yo venda? Su oficial no ha de ser… No quiero que ninguno de mis hijos haga lo que hizo el padre: emborracharse como un trastornado, robar para nosotros y que lo maten a palos en la cárcel por energúmeno.