Un rico Malbec

Naves, Marcela

Dejé el libro sobre la mesa. No es un incunable, pero tiene hojas de guarda, ¡qué bendición! Puedo escribir en ellas aquí mismo. No estoy borracha, nooo ¡qué va! Hoy no.
Acabo de disfrutar un lenguado al “arco iris”, bautismo local por pescadito, con algunas espinas, pocas por suerte, con generosa bechamel en vino blanco, con verduritas y abundantes camarones pequeñitos y sabrosos. Todo muy rico. Un buen tintillo Malbec y vaso de agua de canilla (grifo para el resto de los hispanos).
Ceno sola, una vez más, luego de una función de cine, film británico de caracteres sin ser intimista, intrigante, excelentes actuaciones, buena película, muy buena. Afuera llueve copiosamente, como ya es costumbre en esta Buenos Aires convertida en ciudad tropical. Y aquí dentro hace calor, aunque se está agradable.
Termino de a pequeños sorbos mi vino, mientras observo al resto de los comensales. Habrá unas cincuenta personas, a ojo de buen cubero (nunca supe qué significa este dicho realmente, pero suelo usarlo, entiendo el sentido si bien no sé a qué se refiere con “ojo de cubero”, ¿qué es un cubero? ¿el que hace cubas? y de ser así, ¿qué tiene que ver su oficio con su vista? Desconozco). Volviendo a los comensales, unos cincuenta decía, dos hombres solos, mayores, otra mujer sola, de mi edad, el resto en parejas, de a una pareja o de a dos parejas, pero de a par. ¿Qué estadística puedo sacar de estos datos? ¿Tendría algún sentido hacerlo? Para concluir luego que suelo comer a solas, y que hay otros y otras que hacen lo mismo sin, al parecer, verse perturbados, no necesito estadísticas.
El restaurante supo tener su fama, hace como veinte años atrás, luego fue perdiéndola poco a poco pero jamás llegó a cerrar. Hoy, es un lugar más, de tantos, con buena comida, con precios de sitio de moda sin serlo, con una carta de vinos bastante pobretona y un servicio de mesa que deja mucho que desear. Así y todo, el lenguadito estaba bien rico.
Muchísimos años hacía que no venía por acá, y no creo que vuelva por muchos más.
Vuelvo a reparar en la gente a mi alrededor, todos de mi edad o más, “jóvenes” ninguno, lo que lo convierte en un lugar lúgubre, un tanto tristón. ¿O será que es viernes por la noche? En una calle Corrientes olvidada, llueve del otro lado del vidrio. Llegó el Otoño.