Garganta del diablo

Birman Kerszenblat, Martín

Cualquiera, al llegar, creería que el nombre no es más que una burla. No es razonable que una humilde construcción humana lleve el nombre de un cacho de divinidad como lo es Garganta del Diablo.
Sin mínimo aviso una tormenta de imposibles comienza a sucederse. Paisajes hechos acuarela, caminos que tornan ríos y ríos vueltos bosques de cardón. La loca inercia transforma arroyos en túneles aventurezcos y un camino de precipicio en plausible retorno.
Grises que impulsan a la búsqueda de duendes, demonios cabríos y una monja fantasma; y, si la racionalidad se presenta en prudencia y los visitantes emprenden la retirada, quienes se encargan de retenerlos son las nubes. Nubes: que gustan de ser contempladas en silencio hasta posarse sobre los meditantes precipitando la llegada de su noche.
Oscuros matizando un regreso que entra en las fauses de lo aterrador. Allí, donde ocurren risas de nadie, camionetas conducidas por centinelas invisibles, paisajes fantasmas, hasta un caballo hecho de sombras; y en que la tranquilidad es apenas mantenida por una moribunda linterna que se suma al ruido de nuestros cánticos y de un desubicado celular.
Por las bellas calles de Tilcara cuentan que uno puede encontrarse con manadas de retornados jóvenes que, sin saber ya cómo seguir con su vida, imaginan que aquello fue, simplemente, fruto de la imaginación.