La prueba

Zanón, Marcos Emanuel

Era la vez enésima que el Gringo contaba sus desventuras de cuando fue a probar suerte a los clubes de Buenos Aires. Todos sabíamos ya, con lujos de detalles, de sus idas y vueltas en los trenes y colectivos porteños para poder llegar a los distintos clubes, y de cómo se le complicaba tal situación al ser tan pibe y, encima, del interior. Pocas veces, en cambio, relataba hechos específicamente futbolísticos de esa época. Es que había quedado mal el Gringo después de la última prueba, que tuvo lugar en San Lorenzo. Es un frustrado más, entre muchos que deambulan en el país disfrazados de médicos, carteros, taxistas, abogados, kiosqueros, periodistas, escritores y demás profesiones y actividades útiles sólo para distraerlos de pensar lo lindo que debe haber sido jugar en primera.

Pero el Gringo, que ahora tiene casi cuarenta pirulos, no pudo dedicarse a otra cosa. No porque no pueda, sino porque no le sale. Es elogiable que no haya sido hipócrita consigo mismo, pero pasársela en la cancha de bochas y viviendo de la jubilación de su madre, no es la más digna de las vidas. Tan mal está, que los domingos se encierra en su pieza a escuchar música con el volumen a todo lo que da, con el objetivo de no oír los gritos de gol de sus desaforados vecinos. Intentó interesarse por otro deporte, pero ninguno despertó la misma pasión en él, aunque algunos sostienen que de haber sido pelotari, hubiese llegado lejos.

También probó entretenerse con otros juegos (porque para él, el ‘fulbo’, como le llamaba, era más un juego que un deporte), y fue por culpa del póker que perdió la casa donde nació y se crió, y por eso ahora comparte, junto a su madre, un chalet antiguo con unas tías. Esa tardecita en el bar, me animé e interrumpí la anécdota en la que dos pibes (más chicos que él!) le afanaron la guita que le había mandado el padre para pagarle a la vieja de la pensión, y le pedí que nos cuente algo de los partidos aquellos en los que evaluaban su calidad con la redonda.

– Me acuerdo de todas y cada una de las pruebas, minuto por minuto – empezó, con los ojos llenos de lágrimas, mirando por la ventana que da a las vías –. Pero esa vez en San Lorenzo – nos miramos disimuladamente entre el resto de los presentes – no entiendo cómo no quedé. Me salieron todas… todas. Hacía un calor de locos, porque los muy criminales te prueban a las doce del mediodía, pleno enero, y treinta minutos nada más. No me importó, porque estaba inspirado yo esa mañana. Es difícil destacarse jugando de cinco, pero jugué bárbaro: metí, corrí, la pedí, la pasé redondita… En un momento recibí una pelota desde la izquierda, antes de llegar a la mitad de la cancha, la controlé, me perfilé como para meter un cambio de frente al wing derecho, pero le pegué, sin mirar y con precisión, para que salga recta entre el dos y el cuatro rivales, engañándolos a todos. A la espalda de ellos apareció el nueve, solito frente al arquero, perfectamente habilitado, y definió con maestría, como continuando la sutileza del pase. Hubo un aplauso generalizado, el reciente goleador me miró y me señaló, agradecido… No entiendo cómo mierda no quedé!!! – gritó, golpeando la mesa.

Silencio incómodo en el bar. El Gringo lloraba desconsoladamente. Todos me miraron de manera asesina, y sentí una culpa inmensa.

– Gringo…- improvisé – yo era el nueve…

Otras miradas, más punzantes que las anteriores, se depositaron en mí, incluso la del Gringo.

– ¿Qué? – no lo podía creer – ¿Vos el nueve…? ¡Si todos dicen que tenés los pies redondos!- era hiriente cuando se lo proponía.

– Ahora soy de madera, pero de pibe, cuando vivía allá en Buenos Aires, era un fenómeno. Esa mañana yo quedé… y vos también.

– ¿Pero sos pelotudo vos? Si el técnico fue clarito: ‘Pibe – intentaba imitarlo-, sos muy bueno. Dejame el teléfono que apenas tenga novedades te aviso’.

– Y bueno, a mí me dijo lo mismo. La semana siguiente me llamaron y jugué dos años en las inferiores, hasta la reserva, que me rompí los ligamentos… ¿vos no le diste el teléfono?

– El del laburo de mi viejo, porque en casa no teníamos… – dudó un instante – Aaahhh, capaz que llamaron de noche…

– ¡Seguro! si están todo el día en el club esos tipos. A mí me llamaron una noche y al día siguiente estaba practicando.

Se quedó pensativo, otro silencio incómodo invadió el ambiente. El Pepe, dueño del bar, me hizo señas como para que siga.

– No sabés lo que se te extrañó ¡Gringo! Teníamos un equipazo, pero nos faltaba mediocampo. El técnico se cansó de repetir: ‘Si estuviese Moretti – copié su reciente imitación – seríamos campeones’.

– Yo sabía… la puta madre, yo sabía… – dijo el Gringo, extrañamente aliviado, como nunca lo habíamos visto.

Se levantó, saludó en general, y se fue caminando, seguramente hasta la cancha de bochas.

– Decime gil – me increpó el Pepe- ¿cuándo mierda jugaste al fútbol vos?

– Nunca Pepe – confesé.

– Me parecía. Usaste el mismo tonito de voz que cuando me decís: ‘El mes que viene te pago Pepe, el mes que viene’.