La sempiterna promesa

Fermín, Daniel

David lo tenía todo para triunfar: Una habilidad superlativa para jugar, una sutileza extraordinaria para dibujar y un talento inusual para escribir. Quiso ser futbolista, arquitecto y periodista. Quiso serlo todo, pero no logró nada. Su padre, un hombre ajeno al fracaso, harto de inefables decepciones, se lo llevó a la milicia. Ahí, sufrió. No lo soportó.

El joven -cual náufrago perdido en el mar- deambulaba, sólo, sin rumbo. Su vida era digna de una novela. Hasta que conoció a otro David, un clon de él. Se identificó, se reanimó y surgió. Y, cuando ya nadie creía en él, se acercó a la casa de su padre y, temeroso, dijo: “Seré escritor. Lo prometo”. En ese instante, David volvió a ser David, aquel que pintaba para promesa.