Rouge

Pazzi, Laura Soledad

– Tenés una manchita.
– ¿Dónde? ¿Estás segura?
– Sí, sí. Ahí, ¿la ves?
– Ah. Puede ser. Parece ser… mermelada.
– A mí me parece rouge.
– ¿Qué estás diciendo? ¿Qué insinuás eh!?
– Nada… sólo digo lo que me parece. ¿Por qué tendría que insinuar algo?
– Digo…
– Somos sólo amigos.
– Sí, sí, ya lo sé. Ni hacía falta que lo dijeras.
– No… pero me pareció, por tu comentario.
– ¿El mío? ¡Yo no fui el que insinuó lo del rouge!
– ¡Que yo no insinué nada! ¿Cuántas veces?
– Basta. Me cansaste.
– Bueno, como quieras. Tenés razón.
– ¡No, no me des la razón como a los locos!
– Bueno, como quieras, no tenés razón.
– ¡Dejá de jugar conmigo!
– ¿Quién juega con vos?
– ¿Me estás tomando el pelo?
– No.
– …
– No me mires así.
– ¿Así como?
– Así, como me estás mirando.
– Vos me mirás de la misma forma.
– ¿Y cómo sabés de qué forma te miro, eh!?
– Porque conozco tus miradas… ésta es mi preferida.
– ¿Tu preferida? Ah… ¿sí? ¿Y cómo es?
– Profunda, muy tuya. Y cuando estás enojadita, se acentúa.
– No estoy enojadita.
– ¡Ja ja! ¿Decís?
– Sí. Digo.
– Aún así, me gusta.
– hmm
– No me mires tan fijamente.
– No te miro fijo.
– Basta, no lo soporto.
– ¿No soportás qué?
– Esto. Todo esto, la situación, la mancha, tu mirada.
– Yo no insinué nada.
– ¡Yo no te acusé de ninguna insinuación!
– Sí lo hiciste.
– ¡¡Antes!!
– Ah, pero lo hiciste.
– ¿Qué parte de basta no entendés?
– Creo que la B larga. Profundizá en el tema.
– Me tenés cansado.
– Te cansás muy fácilmente, entonces.
– Vos me cansás.
– Vos me podés.
– ¿Que yo qué?
– Nada.
– ¿Cómo que nada?
– Nada, nada de nada.
– Dijiste algo.
– Dije muchas cosas.
– Sí, pero la última, repetila.
– La última fue nada.
– No, antes.
– Ya no me acuerdo.
– Dijiste algo así como que yo te podía.
– Yo no dije eso.
– Sí, estoy seguro.
– No.
– ¿Vos me podés a mí también, sabías?
– …
– Y de vuelta esa mirada.
– Yo no tengo ninguna mirada.
– Sí, sí la tenés, pero no te das cuenta.
– Bueno, no me daré cuenta.
– ¿Entonces?
– ¿Entonces qué?
– Ya sabés… lo nuestro.
– ¿Qué nuestro?
– Lo de que nos podemos mutuamente.
– Eso lo decís vos.
– Y lo dijiste vos antes, también.
– Yo no dije eso, yo sólo hablé de tu mancha de rouge.
– Sí, y si lo dijiste fue por algo.
– Porque me llamó la atención, nada más.
– No, no. Para mí que es porque te parece que fue alguna mujer, y te pone celosa.
– Alucinás.
– ¿Estás segura?
– ¿Y qué te parece?
– Que estas muy lejos.
– ¿Muy lejos? ¿Cómo?
– Sí, acercate un poco más.
– No, no quiero.
– Bueno, me acerco yo.
– …
– Ahora dame un beso.
– No te doy nada, llamá a la que te hizo esa mancha.
– Te digo que no es rouge, aparte está en la remera, y no en mi piel. Y es la remera de Juan.
– Claro, ahora le echás la culpa al pobre de Juan.
– ¡Que pobre ni que pobre! Mirá, tiene una mancha de rouge en la remera el winner!
– Ah, admitís que es de rouge.
– No… yo no admito nada. Es lo que dijiste vos… ya sabés… hablo en el “supuesto caso”.
– Claro… me imagino.
– Estás celosa.
– No.
– ¡Ja ja! Sí. ¿Entonces no me vas a dar un beso?
– No.
– Uh. No me queda otra opción que dártelo yo, entonces.
– …