El amuleto

Alcazar, Sergio

Cada jugador de fútbol que se precie como tal, juegue donde juegue, sea profesional o amateur, debe tener obligatoriamente una cabala para sentirse acompañado de la indispensable cuota de suerte.

Pisar el campo con el pie derecho, persignarse antes de tocar la pelota, o besar una estampita de un santo, son algunos de los sortilegios que se pueden considerar de probado buen resultado.

Pero nada se compara con la forma que tenía el negro Barros para atraer a la diosa fortuna. El negro, muchacho de pocas palabras, por no decir ninguna, supo tener un secreto, el cual fue su orgullo y más de una vez le permitió a su equipo alcanzar una victoria.

Cuando tenía enfrente los partidos importantes en las finales de los torneos del barrio, Barros o “bolita negra” como lo supo mal bautizar el chiche Sosa, lo que le valió a este último más de un coscorrón correctivo por el agravio, tenía la cuidadosa misión de colocarse una media de color azul y la otra de color roja. Llevaba puestos así los colores de su equipo del alma, como buen fanático hincha del charrua de tablada que por entonces era.

Eso no constituiría ninguna novedad, salvo por el hecho de que en el equipo en donde jugaba predominaba el verde y negro, no solo en la camiseta sino también en las medias. Todos lucían vestidos igual para el encuentro, salvo, está de más decirlo, él.

Así, con ese truco nacido de la pura superstición futbolera, accedió a un sinnúmero de festejos, convirtió magistrales goles y dio muchísimas vueltas olímpicas.

Hasta que la malicia de un envidioso integrante de la barra o de algún rival resentido por el lacerante dolor de una goleada en contra terminó con el mito. Aprovechando un descuido suyo se hizo de su amuleto, sus tan queridas medias. Para el negro Barros encontrarlas se convirtió en toda su causa. Pidió, suplicó, imploró por su vuelta. Consternados, sus compañeros fueron testigos de su irreparable pérdida, lo acompañaron en su cruzada sin éxito alguno, de más, vale agregar, que a Barros jamás se lo volvió a ver jugando en la maltratada canchita de Cabildo, y lo curioso, tampoco fuera de ella. En la zona se murmuraba que se mudó a otro barrio, de tan mal que estaba decidió irse, solo para olvidar.

Una tarde de domingo de un caluroso mes de septiembre, un par de meses después del hecho, en pleno campeonato, apareció un muchachito pálido y de pelo lacio rubio, aseguran los testigos al cotejo, usando sus famosas medias. Pero como llegó se fue, envuelto en la amargura de una dolorosa derrota. Entonces entendieron todos que el amuleto ya no servía. Quizá el secreto no eran las medias azules y rojas, porque la magia la llevaba siempre consigo aquella cara sucia, que supieron apodar “bolita negra” pero al que todos aprendieron a extrañar como “el negro Barros”.