El hijo que se fue por el gol que no fue

Amulet, José María

Aún recuerdo aquellos gestos adustos, el dramatismo y la tensión que podían leerse en cada una de las caras. Mandíbulas apretadas, cuellos rígidos y ojos escapando de sus órbitas repetidos por centenas. Me fue imposible olvidar esa imagen, se impregnó para siempre en mis retinas y, a diferencia de aquellas otras que aceptaron los sobornos de mi memoria, ésta se mantuvo intacta desde entonces. Esas miradas clamando por el cuadro siguiente, el que develaría el misterio, el que saciaría sus ansiedades, conforman el retrato más trágico de que haya sido testigo. Y no me refiero al de los jugadores, no; ellos estaban lejos y su foto es un patrimonio público al que todos pudimos acceder a través de los diarios. Me refiero, más específicamente, al que compusieron mis compañeros de tribuna, los hinchas argentinos.

Tal vez, en mi decisión de hacer foco en ellos haya influido la impronta de mi profesor de fotografía, quien me había enseñado que para retratar debidamente a la muerte no era necesario obtener la placa de un muerto sino la de la expresión de los testigos de la agonía. Y en ese trance se encontraban las ochenta mil almas presentes en el estadio de River en aquella gélida tarde de Junio, latiendo expectantes, pendientes del recorrido de esa pelota que había pegado en el poste derecho del arco defendido por Fillol y que se debatía entre traspasar la línea de gol o continuar, inocuamente, hacia otro lado. El destino de una Nación, el de la nuestra, se jugaba en ese capricho, en el último minuto de la final con Holanda.

Al menos, eso creíamos todos los que estábamos allí. En esa ínfima fracción de segundo previa al desenlace, la película se proyectó íntegramente ante mí, tal como lo cuentan los sobrevivientes de las catástrofes. La revisión se inició remontándome a dos años antes, cuando mi entusiasmo por ser espectador del mundial no reparó en la cola de tres cuadras de largo y las cinco horas de espera que debí afrontar para poder hacerme de las entradas, continuó con la excitación que trastocó lo ordinario durante el mes previo al inicio del certamen, prosiguió con una serie de jugadas, goles y festejos caros a mi emoción y finalizó en el rostro de mi hijo, aterido junto al mío. Entonces, me detuve en su piel. Su expresión era diferente. En realidad era igual, pero distinta a la vez. No sé, creo que la inocencia de sus quince años le añadía un dejo de incredulidad a su mueca que la hacía original, entrañable. Juro que hubiera hecho cualquier cosa por preservar ese coto de felicidad próximo a resquebrajarse.

Martín había vivido el desarrollo de aquel torneo con la intensidad propia de su corta edad, un tiempo en el que la pasión desconoce los meandros de la especulación y cualquier evento importante se transforma en el eje de la existencia. Su virginidad espiritual era envidiable pero tan vulnerable que apenas una pelota, próxima a decidir su camino, podía herirla de muerte. La secuencia siguiente me devolvió al presente. El árbitro italiano que dirigía el encuentro definitorio buscaba un desesperado socorro en el juez de línea, actuando una delegación de responsabilidades propia de Poncio Pilatos. Sus ojos se habían clavado en su colega, clamando una actitud más sabia que honesta. Y aquel hombre, el portador del banderín, dudó. Estoy seguro de eso porque antes de decidirse su cuerpo ensayó un raro balanceo.

Supongo que el peso de todos los que conformábamos la multitud que se erguía sobre él habrá gravitado en su titubeo. Pero lo concreto es que finalmente pudo más el honor e inició una carrera hacia el centro del campo para convalidar el gol. Ese hombre corriendo en línea recta blandía una daga que se hundía sin piedad en nuestros corazones mientras la concurrencia en pleno lo miraba azorado, esperando el milagro por el que se pide en los últimos estertores, cuando todo está perdido. El partido se prolongó, apenas, un par de minutos; de ellos sólo guardo el recuerdo del desasosiego general. Después vino el pitazo final del árbitro y la tarde gris se hizo noche inclemente.

Los jugadores holandeses levantaban sus brazos, saltaban y se abrazaban como si fueran los protagonistas de una película muda. La voz del silencio lastimaba mucho más que la algarabía de un adversario digno, al que nada podía reprochársele. El color anaranjado de sus camisetas, ausente en las franjas de la bandera patria holandesa, rebotaba con fuerza en el verde del césped, transmitiendo una sensación cuantitativa impropia del reducido número de celebrantes. Por su luminosidad, aquella imagen semejaba a “La ronda de noche”, ese bellísimo cuadro que el talento de Rembrandt legó a la humanidad y que la ciudadanía de ese país surcado por canales y sembrado con molinos supo cuidar como un preciado tesoro, ocultándolo de los nazis durante la segunda guerra mundial y preservándolo de los posteriores embates de individuos enajenados dispuestos a trascender a partir de su destrucción.

En este lienzo, motivo de orgullo del pueblo holandés, fueron retratados los integrantes de una milicia urbana, quienes previamente habían comprado su derecho a estar presentes en la tela mediante la entrega de una suma de dinero al pintor. Y precisamente fue a través de comentarios referidos a la compra de voluntades -en este caso, la que habría permitido que nuestro equipo nacional pudiera arribar a la final- como se empezó a manifestar un descontento popular que había permanecido silenciado hasta entonces. ¡Si no hubiera sido por los cargamentos de trigo que los milicos les van a mandar a los peruanos ni siquiera hubiéramos llegado a este partido!, se escuchó decir, en un principio, tímidamente. Enseguida arreciaron más voces denostando a la junta militar que gobernaba nuestro país con mano de hierro, prescindiendo de la Constitución y de los más elementales derechos cívicos y humanos. Las protestas dispersas se transformaron en injuriosos cantos colectivos cuando la gente percibió que los integrantes del trío castrense emprendían una rápida huída de sus plateas preferenciales. ¡Que se vayan, que se vayan! y ¡a-se-si-nos, a-se-si-nos!, fueron las consignas coreadas con indignación por una muchedumbre que se resistía a retirarse, como si estuviera esperando que alguien le rindiera cuentas por tamaña desazón.

Tibiamente intenté comenzar a bajar las escaleras para salir del hervidero en que se había transformado el estadio pero, ante mi sorpresa, Martín me tironeó de un brazo transmitiéndome un claro mensaje de su negativa a partir. Recién entonces advertí que él era uno de los tantos que enrojecían sus gargantas exorcizando su bronca y me pregunté si conocería el verdadero alcance de aquellas consignas y su vinculación con la realidad o si, como suponía, su participación sólo correspondía a una mera integración a la masa enardecida. ¡Hay que echarlos a estos tipos!, ¡ya hicieron demasiado daño!, me espetó furioso en mi cara, de modo de que no me quedaran dudas acerca de su conocimiento del tema. Mientras la multitud se asomaba a una verdad que, hasta esa derrota, había preferido mantener relegada, yo descorría mi propio velo, la urdimbre que había concebido para fraguar el paso del tiempo y retener al niño que ya no habitaba en Martín.

Aquella noche fue interminable. Un gentío enorme se trasladó a la plaza de Mayo para exigir la renuncia de los gobernantes. De nada valieron los gases ni las balas de goma, aunque sí sirvieron para que los cronistas extranjeros captaran las imágenes que recorrerían el mundo denunciando la barbarie que asolaba a la Argentina. La suma de aquellas evidencias trajo aparejado el rápido final de la odisea en que nos habían sumido los militares. Y allí, en ese momento glorioso, siempre termina mi sueño. Entonces abro los ojos y lloro; lloro amargamente preso de furia y de dolor.

Cada tanto me despierto por las noches creyendo que esa historia prefabricada es verdadera y voy a la habitación de mi hijo ansiando tener razón. Allí me quedo, añorándolo, mirando sus fotos, sus libros, sus trofeos deportivos y las medallas con las que lo premiaron en el colegio, procurando llenar mi corazón con el ánima de su bonhomía. En ese cuarto no se respira un hálito de maldad; mucho menos de violencia. Nunca le mencioné la posibilidad de comprarle un revolver o un rifle de juguete; tampoco él me lo había pedido. Sin embargo, sin que mediara una explicación, un día le dieron uno real y lo mandaron a matar a Malvinas, a acabar con los ladrones ingleses, le ordenaron. Entonces es cuando caigo en la cuenta de que Martín ya no estará más conmigo, de que mi hijo se fue por el gol que no fue.