El mito del amor a la camiseta

Sanguino, Ricardo

Jaime Tollman nació “Rusito” y se dio vuelta cada vez que escuchó ese apodo hasta que el fútbol lo hizo famoso.

Como Jaimito.

“Mito”.

Tollman jugaba de nueve.

Le pegaba con las dos piernas, cabeceaba con elegancia y era frío a la hora de enfrentar a un arquero.

Hizo muchos goles.

Nunca festejó.

Siempre recibió la felicitación de sus compañeros mientras sus manos hacían el clásico gesto de pedir perdón a la hinchada contraria.

Es que Jaime era record en transferencias.

Las estadísticas dicen que pasó por veintisiete clubes.

Siempre goleador.

Más de una vez, un cuatro de esos que nunca faltan, simple y opaco, le pidió permiso para usar su gol.

Nunca se supo si la solicitud se debió a una potencial mejora en su cotización o simplemente lo hizo para levantarse una mina.

La respuesta no viene al caso.

Mito se lo regalaba sin reparos.

El nueve triste era un gran compañero.

Sus colegas se colgaban del alambrado, sacaban caretas de los bolsillos, mostraban tatuajes de madres en el pecho, o señalaban a la “fila ocho asiento 15” de la platea para dedicar sus conquistas a las conquistadas de turno.

Jaime nunca se “ganó” una tarjeta amarilla por festejo desmedido.

Su ritual era siempre el mismo.

Convertía, juntaba sus manos, agachaba la cabeza, y pedía a sus compañeros que lo dejaran cumplir con el duelo de haber anotado contra un ex equipo.

Cierta vez, al anotar un gol que significaba un campeonato, fue tal la tristeza que su propia hinchada guardó silencio en homenaje al dolor de su ídolo.

Para colmo, a la hora de enfrentar a alguno de los pocos clubes desconocidos para su corazón, nunca mojó.

En esos partidos se lo veía tan nervioso que llegó a registrar la notable cifra de treinticinco goles en contra.

Jaime Tollman colgó los botines sin festejar ni una de sus tantas conquistas.

Volvió a ser el Rusito.

Y se transformó en el centrodelantero más triste de la historia.

Un enamorado del fútbol.