El nonato Sportivo Sol de Oro

Schifrin, Bernardo

Fue allá por 1943 ó 44, la Avenida 9 de Julio solo llegaba hasta la calle Tucumán, pero estaba prevista su prolongación. Algunos edificios ya habían sido expropiados, demolidos y cuidadosamente tapiados. Los pibes del barrio y los cirujas, para jugar o guarecerse, violaban las cerraduras de las puertitas de hierro, burlando la inaccesibilidad.

A mí se me ocurrió pedir autorización para usar el que nos quedaba más cerca, Cerrito entre Viamonte y Córdoba. Hasta soñaba con él. La guita para comprar pelotas y algún aro de basquet, podía obtenerse con la venta de productos a los que tuvieran hambre y alguna moneda. En el Once vendían 5 rosquitas a 5 centavos, si en la sede social del Clú las cobrasemos 10…como se vé, mis sueños eran muy comerciales, en pro de un ideal.

Lo conversamos en la Plaza, y nos pusimos de acuerdo en la fundación del Sportivo Sol de Oro, un feriado a la mañana, así sin acta ni nada. ¿Uds. creen que en el acto de la fundación de los clubes que luego prosperaron, se firmó un acta? Yo creo que recién se firmó cuando empezaron a prosperar, o por lo menos a estabilizarse, y los participantes quisieron posar para la posteridad.

Sol de Oro porque todos teníamos alguna camiseta sin mangas (de las que después se llamaron musculosas), o con mangas cortas, les cosíamos un sol recortado de retazos amarillos y listo, ya teníamos la divisa para enfrentar en la lid deportiva a quienes se atrevieran a desafiarnos.

Así fue como nos encaminamos a solicitar la autorización a la comisaría 3ª, que por entónces ocupaba una antigua casa que había sido de Sarmiento, justamente en Sarmiento casi esquina Libertad. Eramos cinco o seis, tal vez siete emprendedores valientes, que supusimos que los policías tenían atribuciones para concedernos la autorización. Ellos eran los que no nos dejaban jugar a la pelota en la calle, y a veces nos enchufaban en el autito negro cuadrado, modelo 30 más o menos, para que los viejos nos diesen una pateadura cuando nos retiraran de la comisaría.

Le explicamos al vigilante de la puerta el noble fin que nos guiaba y dejó pasar a uno solo.

-Andá vos…- Tenés que ir vos. Y fui yo, el de la parla más florida. Los demás se quedaron haciéndome el aguante en la vereda.

Antes de entrar en la sala de guardia me sentí cohibido, pero saqué pecho…todo fuera por la causa. Le dije al oficial escribiente que me atendió, debía ser oficial, tenía las jinetas sobre los hombros, el motivo de nuestra visita y recurrió a la superioridad. Me hicieron explicarles todos los detalles de nuestro proyecto y se sonrieron. Yo me sentía inspirado y enumeraba las ventajas que proporcionaría un club de pibes, no iban a jugar más en la calle ni mezclarse con los más grandotes, las risotadas atrajeron a personajes con más galones, se mataban de risa.

-Fijate que pico de oro… Para prolongar la diversión me hacían preguntas y a repetir lo que ya había dicho, se iba haciendo largo, aunque embalado con el éxito que había reunido a una concurrencia tan importante, no me daba cuenta.

Mis compañeros en la vereda comenzaron a impacientarse y supusieron lo peor.

-¡Qué lo larguen…! ¡Qué lo larguen…! ¡Qué lo larguen…!

-¿Quienes son? pregunto el principal.

-Los pibes que acompañaban al que está adentro- contestaron de la guardia.

¿Adentro? ¡Preso! Y redoblaron sus gritos.

-Hacé pasar a dos o tres.

Unos gurrumines como yo.

Entónces nos contestaron que ellos no tenían atribuciones para conceder nada, que debíamos solicitarlo en la Municipalidad, y se acabó la joda.

Cuando salimos los otros aplaudieron. Regresabamos victoriosos ¡No habíamos quedado en cana!

¿Aunque en la Municipalidad a quién íbamos a ver? Si no conocíamos a nadie, ni la oficina a la que tendríamos que recurrir, y había tantas.

Esa tarde cuando nos juntamos a jugar el picado, en la callecita que atravesaba la tercera plaza, nadie mencionó el tema, nuestro interés se centraba únicamente, o se había refugiado, en la pelota.

Así murieron antes de nacer, el Sportivo Sol de Oro y las ilusiones de autogestión de unos chiquilines.