La Pintier

Sánchez, Héctor

Cuando supimos que el Chacho iba a comprar una pelota como la gente, pensamos en las más conocidas. En esos cueros bien formados, redondos, o mejor, “esféricos”, como decían los relatores que por la radio nos traían los partidos que se jugaban con pelotas de verdad. Pelotas en serio, y no como ésas que, después de jugar dos partidos, se llenaban de chichones y de huevos. En los centros, cuando tomaban altura, parecían un bicho de ciencia ficción, un plato volador, una bolsa deformada, cualquier cosa, menos una redonda. Pero así eran las pelotas con las que habitualmente jugábamos en esas canchitas poceadas y desparejas de los potreros de San Miguel.

Canchitas que, según los horarios y la época del año, tenían diferentes planteles mostrando sus habilidades: desde los primeros fríos, a fines de abril o principio de mayo, y hasta fines de septiembre, de lunes a viernes eran territorio casi exclusivo de los más chicos. Los sábados y domingos –y algún feriado–, si el tiempo lo permitía, se mezclaban también los más grandes en esos picados de resultado incierto, porque en realidad se jugaba hasta que ya no se veía la pelota. Era una lucha esforzada, en donde llevábamos todas las de perder, para que el anochecer no llegara. En cambio, en verano, muchos que ya estaban casados y con hijos, llegaban del trabajo después de horas y horas de fábrica o de paredes a construir, además del tiempo de tren y colectivos, y se iban a patear un rato al campito, el lugar del recreo diario y del desahogo necesario. La canchita era, lo supimos después, democrática y pluralista como pocas cosas lo serían.

Por eso, en lo primero en que pensamos cuando escuchamos hablar de una pelota nueva fue en una Fulvence, o en las Sportlandia que ya estaban medio en retirada, según nos contaba el Cepi, que se leía todas las semanas El Gráfico que le traía el padre, en donde veía los avisos a toda página de las mejores pelotas. Ni hablar todavía de las recién creadas Adidas, ésos eran lujos no ya de países ricos, sino directamente de otro planeta.

“Ché, mirá que el Chacho labura de albañil con el tío, y no sé si le dará el cuero para comprar una de ésas”, nos dijo una tarde el Pata, después de patear lastimosamente durante un buen rato una pelota a la que ya no le entraban más parches ni costuras. “Igual, Pata, para vos es lo mismo un gato muerto que una pelota de ésas que los brasileños gastaban en el Mundial, ¿no?”, le tiró el Cepi, que había visto y disfrutado por televisión todos los partidos de Brasil en el último campeonato del mundo, el del `70 en México. El Pata amagó con correrlo y tirarle un cascotazo, entre las risas de todos los pibes. Pero el comentario era apropiado, porque el Pata era el peor número 2 de toda la zona. Un chaqueño áspero y rudimentario para quien el fútbol se reducía a rechazar la pelota a cualquier parte, sin siquiera tomar en cuenta la posibilidad de pararla, y mucho menos de pasársela a algún compañero.

Un par de semanas después del primer rumor sobre la compra de la nueva pelota, y al ver que la adquisición se demoraba, el Toti, un número 6 exquisito que anticipaba como los dioses y salía jugando siempre por abajo, una especie de peruano Meléndez pero santiagueño, propuso la vieja fórmula conocida: hagamos una rifa de 100 números y nos compramos una pelota de marca. Enseguida le recordamos que en los últimos dos años habíamos hecho cinco rifas, que siempre se las vendíamos a nuestros familiares, y que nunca podíamos vender más de 30 números. En la última, nos salvamos por un pelo de que el carnicero de “La Vaca Loca” acertara el número y se quedara con el primer y único premio, un horrible velador de madera que se parecía lejanamente a una carreta tirada por dos caballos pintados de negro. Lo habíamos conseguido en la kermesse de la Sociedad de Fomento, una nochecita en que el Toti pegó algunos tiros en el centro con el rifle de aire comprimido, cuando nos quedamos con las ganas de llevarnos la radio eléctrica y a pilas, que era el primer premio. Rifamos tres veces esa carreta-velador, y ni el azar logró ponerla en otra casa que no fuera la del Toti, que insistía con sortearla de nuevo.

Así estábamos, imaginando imposibles, hasta ese sábado al mediodía en que la noticia se divulgó con la velocidad con la cual generalmente se conocían las malas informaciones. Como esa vez que la Yoli se había escapado de la casa de sus padres con un tipo que vivía en la Capital y flor de quilombo se armó; o cuando el Hugo, el hijo mayor de Don Julio, había caído en cana en un asunto raro que nadie se animaba a contar.

Ese sábado, Taraguí, un formoseño que jugaba de nueve y que se cansaba de pisarla hasta que el Pata lo revoleaba contra el alambrado, dijo que lo había visto al Chacho bajar del colectivo con una bolsa de plástico grande, y que la bolsa tenía la forma de una pelota. Pasamos a buscar al Gordo Acosta y a Pedrito, que vivían en la misma cuadra, y nos fuimos para la canchita a esperar el milagro.

Había un sol maravilloso, ni una sola nube y la certeza de que el frío ya comenzaba a alejarse. Un día así habíamos soñado para cuando llegara la pelota en serio que todos queríamos tener, de modo que sólo faltaba que el Chacho, que vivía casi enfrente del potrero, abriera la puerta de su casa y comenzara a cruzar la calle de tierra rumbo a nuestro Maracaná. Porque en eso se convertiría la canchita ni bien empezáramos a patear la pelota nueva, al ritmo de los relatos del Cepi, un maestro para hacernos creer que un golcito cualquiera lo acababa de hacer Rojitas, el Lobo Fisher, la Bruja Verón o Jairzinho; o que ese rechazo salvador había sido de Perfumo o de Malbernat, y no del impresentable Pata, que acababa de cortar un cable con otro de sus espantosos pelotazos.

Ya se escuchaban varios gritos desde el fondo de nuestras casas, llamando para el almuerzo –en serio, en esos barrios desangelados todavía se almorzaba comida casera-, y ya nos parábamos como para empezar a caminar, cuando desde una puerta que imaginamos era el túnel de La Bombonera, apareció el Chacho, paso tranquilo y caminar desgarbado, con las manos detrás de la espalda.

Cruzó la calle, entró a la canchita por debajo del travesaño que habíamos fabricado con un gran palo de eucalipto (el otro era de un tirante de ésos que se usan para los techos de chapa) y nos miró a todos en el más profundo de los silencios. Entonces sí, puso la pelota debajo del pie derecho, la levantó, hizo jueguito sobre el muslo, y la pateó en dirección a donde estábamos nosotros. Era como un asteroide todo blanco, impecable, que brillaba debajo de ese sol majestuoso. Y viajaba por el aire con la perfección que sólo tienen las cosas perfectas.

Rápido de reflejos, el mejor arquero del barrio, el cordobés Gorrita, se adelantó unos pasos y voló como para los fotógrafos. Apenas la tocó, pero fue suficiente para desviarle el rumbo, de modo que la pelota picó unos metros más atrás, justo en donde Taraguí la esperaba con el empeine listo para levantarla y empezar a sentir una sensación distinta en las piernas, hasta que se la tiró de nuevo al Chacho. Todos lo rodeamos entre risas y gritos, mientras nos pasábamos la pelota de mano en mano.

“Una Pintier, es una Pintier”, decíamos con cierta incredulidad, porque era nada menos que la pelota profesional que usaban los jugadores de verdad en los partidos de verdad. Esos partidos que veíamos por la tele, y que sólo algunos privilegiados habíamos visto alguna vez en las canchas de los equipos de primera.

La Pintier pasaba de pie en pie, y hasta de cabeza en cabeza, en un “cocacola” que los más ansiosos interrumpían para tocar ellos también esa redondez y esa tersura que se desprendía de sus gajos exagonales, con una estrellita pintada de azul oscuro sobre el único gajo de cuatro lados, en donde estaba la válvula para inflarla. Por supuesto, era de cuero-cuero, sin esa promiscua capa de plástico que después sembró las canchas del mundo de pelotas de circo. En medio de tanta alegría, el Chacho parecía un jugador famoso al que entrevistaban después de hacer dos goles en un clásico. Como era medio tímido, parecía esos jugadores que repiten siempre las mismas cinco palabras, sólo que en lugar de decir “tuve la suerte de convertir”, decía “junté tres quincenas y la compré”. Fue lo único que dijo antes de proponer, expeditivo, “vamos a patear todos, che”.

Taraguí quiso hacer jueguito de nuevo, hasta que le llovieron cientos de “pasála, guacho”, y de taquito se la tiró al Cepi, que no pudo resistir la tentación que siempre había pensado le podía despertar una Pintier: la acomodó sobre una mata de pasto, retrocedió sólo dos pasos para que nadie se la pateara en un descuido, y le dijo a Gorrita “atajá, que te la pongo en el ángulo”. Enseguida, le pegó como le gustaba, con esas combas que antes se llamaban “chanfles”, y que después bautizaron “rosca”, y sintió que el pie se llenaba de gozo tras levantarla por encima de la cabeza de Paniagua, que llegaba corriendo desde el fondo y quería tocarla de cualquier manera.

La pelota pegó de lleno en el travesaño y picó en el área. Ahí, en ese momento, comenzaron todas las peripecias que no habíamos previsto: la canchita era tan despareja que después de cada pique la pelota parecía una gallina enloquecida que corría para cualquier lado. Si la pateaban a ras del piso, viboreaba siguiendo huellas desconocidas y se iba para el lado de la zanja. La salvaron a un metro del agua sucia varias piernas y brazos providenciales, y la trajeron despacito, como para que la Pintier se fuera acostumbrando de a poco a las inclemencias de un terreno escarpado y lleno de accidentes geográficos, de esos que nos enseñaban en el colegio y que nunca nos acordábamos en las pruebas.

Decidimos entonces achicar la cancha para evitar los deniveles de los costados y probar de lejos a los arqueros para no tirar muchos pases de rastrón, y ahí la cosa se puso más interesante, porque pudimos disfrutar de un par de pelotazos como la gente. Pero cada vez que sacaban los arqueros para arriba, la Pintier mostraba su molesta eficiencia: de tan esférica y perfecta, cada pique en ese terreno volcánico era un suplicio. En uno de esos piques, el paraguayo Leoncio, el padre del Sapito, comenzó a gritar “está viva, Chacho, le juro que está viva”, en medio de la risa de todos, que se hicieron carcajadas cuando la más perfecta pelota que haya rodado por ese potrero indecente decidió cobrarse alguna de las deudas que el Pata tenía con el buen fútbol: con un pique relámpago lo dejó pagando, con el pie derecho en el aire, apenas un segundo antes de que el chaqueño pudiera concretar el horrible crimen de colgarla en algún techo o un árbol.

Una hora después, transpirados, cansados y desorientados, pero con los reflejos bien entrenados por tanto pique, decidimos parar un poco. Nos sentamos, como siempre, en los troncos grandes de eucaliptos que estaban detrás de un arco, y ahí nos pusimos a pensar en alguna estrategia que nos permitiera jugar con esa maravilla. “Tiremos penales y tiros libres”, propuso el Cepi, que era –por lejos– el que mejor le pegaba a cualquier pelota, pero al que no le gustaba correr ni el colectivo. “Sí, colgate de acá y gritá Tarzán”, se enfurecieron los arqueros, que preferían los centros para sacar con los puños o para descolgarlos. “Vayamos a la cancha de los gitanos, que es mucho mejor que ésta”, dijo el Flaco Esteban, pero enseguida se impuso la cordura del Perro Garay: “¿Sos loco, vos?, ahí te la afanan antes de que llegués a cabecear un corner”. Otro propuso desinflarla un poco, sacarle aire con el pico y dejarla más blandita para evitar tantos piques indescifrables, pero una vez más el Cepi, que era uno de los pocos que iba al secundario y conocía un montón de palabras, impuso su criterio: “Hereje, cómo vas a hacer eso con un símbolo sagrado”, le dijo al atrevido, mientras los demás apoyaban con aplausos.

Al rato, el hambre empujó a muchos hacia sus casas, a buscar algo de morfi en medio de los gritos de madres y padres, mientras pensábamos la estrategia definitiva. Que comenzaría a aplicarse esa misma tarde: jugaríamos con las pelotas viejas y deformadas gran parte del partido, y la Pintier entraría en acción sólo para los tiros libres, corners y penales. En el costado de la canchita, los pibes más chicos la cuidarían, hasta pedírsela para los momentos sublimes de pegarle tomando carrera y buscando la comba.

Fue una experiencia fantástica que duró dos o tres meses. No más que eso. Para ser más precisos, hasta el momento exacto en que el Chacho se quedó otra vez sin su laburo de albañil, y le vendió la Pintier a los tucumanos del fondo. Mejor dicho, se la cambió por un par de entradas y un vale por tres cervezas en el baile de la Sociedad de Fomento, en ese sábado que ninguno de nosotros se había imaginado nunca. De haberlo hecho, seguramente hubiese sido nublado, gris oscuro, y con una llovizna pegajosa, de ésas que embarran todo lo que tocan. Ese clima triste que –como todos sabemos— hace imposible jugar al fútbol en una canchita de barrio.