Celeste y blanca

Cohen, Lucas

Minuto ochenta y cuatro. Tensión y dramatismo. El estadio Azteca completamente en silencio. Toda la presión para el equipo argentino, que luego de ir ganando dos a cero se dejó empatar. Más por el coraje alemán que por el juego de éstos. La copa del mundo era ahora un sueño más lejano. Alargue y definición por penales. Pero entonces sucedió algo que cambió la historia.

Argentina recuperó la pelota por medio de Enrique. Éste se la entregó a Maradona. Los segundos se lentificaron. Todo el arte y la magia se hicieron fútbol. Diego la paró con la zurda en el centro del campo. La pelota quedó inmóvil, prepotente, alevosa. Oíd el ruido de rotas cadenas. Giró sobre sí mismo. Su mente ya había leído la jugada. No le hizo falta mirar a su compañero. Sabía que estaba allí y confiaba en él. Quedó de frente al terreno alemán. Su botín resplandeció al contacto con el balón. El público se puso de pie. La pelota rodó por el césped. Ningún adversario pudo detenerla. Libertad, libertad, libertad.

Burruchaga corrió en su búsqueda. Los corazones se paralizaron. Cada paso se hizo rezo y cada esperanza se hizo anhelo. Los defensores quedaron rezagados en la persecución. Todas las miradas estaban fijas en el delantero. En su soledad y en su presión. Juremos con gloria morir.

Salió entonces el arquero a su encuentro. Los ángulos se achicaron. Las ansias de convertirse en héroes los alentó en el silencio. El momento había llegado; todo por cuanto se había luchado: la soberbia de ser los mejores, la demostración de que no había sido casualidad, la alegría de la gente. Al gran pueblo argentino salud.

Acarició la pelota con el misticismo de los grandes y la fuerza de un país entero. Ésta se deslizó mansa, bajo los esfuerzos estériles de un arquero herido. La multitud expectante palpitaba el trayecto del esférico con destino de gloria. Sean eternos los laureles que supimos conseguir.

Pero entonces sucedió lo inesperado. El balón hizo impacto contra el parante derecho del arquero. La angustia brotó en los corazones latinos. La pelota salió rebotada. El partido seguía empatado. La definición se postergaba.

Y cuando ya la resignación agobiaba la mente y las lágrimas surcaban los rostros, como guiado por el orgullo nacional, con el pecho inflado de patriotismo y la boca llena de gol, entró a la carrera Valdano, quien definiendo sin eufemismos envió la pelota al cálido contacto de la red. Una vez más, Argentina campeón.