Domingo de cancha

Bocha Resnik, Jaime

Ir a la cancha un domingo a ver el cuadro de tus amores no es solo el hecho de ver a veintidós energúmenos correr detrás de una esfera de cuero.

No es tampoco la odisea de estacionar generalmente a no menos de diez cuadras y caminar junto a otras veinte mil almas sintiendo un cosquilleo inquieto que va desde el estomago a la garganta para depositarse en el medio de las tripas.

Es sin lugar a dudas un ritual, un fabuloso raid sentimental que conlleva diversas cabalas, vestimenta adecuada y preparación durante la semana, especialmente a nivel gutural.

Esto se potencia cuando el partido a jugar es de los denominados “clásicos” y más aún cuando el devenir de la historia hace que los puntos que se juegan sean fundamentales para el campeonato.

Sirva este prefacio para ilustrar lo que los libros de fútbol catalogaron “La Gran Odisea del balompié”.

Todos conocemos la rivalidad existente entre Macedonia Fútbol Club y el Club Atlético Monteplano: años de historia beligerante corrieron en el cauce del río de la rivalidad de estos dos grandes equipos.

Pero el partido que hizo historia, la quintaesencia del deporte rey, fue el jugado en la final del metropolitano del ‘73 estando los dos cabeza a cabeza.

El MFC había comenzado el campeonato barriendo rivales logrando el puntaje ideal, pero a mitad del campeonato los “montepla” habían logrado resarcirse de sus primeros fracasos y, ante un MFC que se iba debilitando, lograron ponerse a tiro.

En consecuencia los dos equipos llegaron a la final con la misma cantidad de puntos y restándole solo jugar entre ellos.

Como debe ser el día amaneció con un sol increíble y una temperatura ideal .Las entradas estaban totalmente vendidas desde hacia mucho tiempo y la cancha de los “montepla” parecía una embarazada pletorita a punto de dar a luz.

Los vendedores de choripán y pizza canchera despachaban a gusto mientras un Chuenga acrobático se posicionaba en la tribuna vendiendo sus famosos caramelos.

Los “gorro, bandera y vincha” no paraban de reponer sus artículos con los colores de los dos bandos (el comercio no tiene banderías) y los chorros hurgaban bolsillos por doquier.

Entonces el referí dio el pitazo inicial .Al comienzo fue un devenir de pelotazos inciertos quizás debido al nerviosismo imperante o a la poca habilidad de sus jugadores (el ’73 había sido un año de difícil para los dos clubes y no habían podido comprar refuerzos).

El esférico giraba loco entre los botines de los veintidós y las faltas exageradas eran los únicos momentos donde se mataba el aburrimiento. Piccianilli había tenido un par de oportunidades desaprovechadas en el arco del MFC y el “tigre” Pérez no lograba conectar para los “montepla”.

Esto siguió ocurriendo durante casi ochenta minutos de juego cuando sucedió lo que todos ya saben.”Tres dedos” Ferrutti tomo la pelota en el centro del campo robándosela al “ruso” Fridman, encaró sin descaro hacia el área del MFC ante la desesperación de la defensa y ,pisando el área chica, quiso rematar bajo y cruzado, cuando la maldición de unos botines con los cordones desabrochados lo hizo perder el equilibrio.

Desesperado ante tanta mala suerte trato igual de estirar la pierna llevándose por delante la rodilla de ‘Batata” Constanzo que solo atino a agarrarse de la camiseta de su compañero Lucho “pata de palo” Benítez.

Este a su vez se tomo del delantero “montepla” Rigoberto que estiro los brazos tomando por el cuello a Fridman que había corrido desesperado a recuperar el balón y se prendió a la camiseta del mediocampista “falopa” Portal.

A esta reacción en cadena fue sumándose uno a uno todos los integrantes del clásico en un ballet disparatado y lamentable.

Los jugadores flameaban cual banderines en una kermés sosteniéndose unos a los otros formando figuras dantescas, arrastrando hasta al arbitro y los jueces de línea.

Esto duro algunos instantes hasta que el milagro ocurrió. Estando todos ensamblados, el primero de la fila comenzó literalmente a flotar.

Primero fue solo unas palmas a ras del suelo pero después fue tomando altura considerable en dirección al cielo. Uno tras otros comenzaban a elevarse por turnos de fila encaminándose a un éter diáfano que los iba albergando.

Los espectadores veian asombrados la hilera multicolor elevándose decidida, graciosa y si se quiere sublime, hacia el cielo.
Los cuerpos se volvieron figuras y las figuras puntos hasta que uno a uno fueron desapareciendo ante la majestuosidad de un cielorraso celeste.

Se hizo un silencio sepulcral por unos instantes, hasta que alguien de la platea comenzó tibiamente a cinchar a su equipo. Entonces comenzó el delirio: los cánticos se sucedían unos a otros confundiéndose entre ambos bandos. Las banderas flameaban más alto que nunca y las gargantas enronquecían de tanto cantar.

Esto duro hasta altas horas de la noche cuando la fuerza policial decidió intervenir desalojando el estadio.

Hubo después, es de público conocimiento, miles de reuniones para decidir quien había ganado: algunos optaban por dar vencedor al equipo que se había elevado primero y otros al que había pateado último.

Como sabrán se decidió dar el campeonato nulo declarando desierto el primer puesto.

De los veintidós jugadores y el cuerpo arbitral jamás se volvió a saber… solo algunas leyendas urbanas se dedican a seguir transmitiendo el interminable partido con un resultado aun incierto como todo destino celestial.