El fútbol también tiene tercer tiempo

Brisco, Lucas

Y… ese empate nos mandó al descenso, no hubo Dios que nos salve. ¡Qué tristeza! Veinte años jugando en el campeonato interno del club y siempre escuchando elogios de nuestro equipo: campeones, subcampeones, goleador, juego limpio y que se yo cuantas cosas más.

Hoy por los pasillos y los vestuarios del club, lo único que se escucha es “descendieron los pibes del Biarritz”. Y también se escuchan los presagios pesimistas de los dueños del “yo te dijismo”, afirmaciones como… “te dije que tenían que pasar a veteranos”, “en libres los pibes los comen”, “los últimos minutos no pueden mover las patas”, “sin arquero no pueden encarar un campeonato”, “eran malos hace veinte años imaginate ahora”, “los quiero ver en segunda que son todos pibes”.

Y llego el día. Empezó el campeonato, recuerdo el primer partido. Voy al sorteo y veo que el árbitro era el flaco Marocchi. Jugaba conmigo en primera hacía veinticinco años, me estrechó la mano, me guiñó un ojo y me dijo: –

– ¿Qué haces acá todavía “TOTI”?

– Sueño despierto Flaco, ¿no querés atajar para nosotros el año que viene?

– ¡¡Si me insistís te expulso!!!- contestó.

Y la pelota empezó a rodar, estaba más rara que nunca, me esquivaba, me ignoraba; y cuando la alcanzaba, enseguida se iba con otro. La seguí con la mirada y con mi trote cansino, le hice los mismos planteos que le hubiese hecho a una novia de la adolescencia. “¿Por qué te vas con él? ¿Con lo bien que yo te traté siempre? ¿Me creerías si yo te digo que sueño con vos?”.

Y así, estos pibitos que nacían cuando yo ya gritaba goles colgado de cualquier alambrado, empiezan a ganarnos la partida y a perdernos el respeto que a sus padres le infundíamos; parece mentira que estos pibes que aprendieron el fútbol en la play station hoy nos manejen la pelota y los tiempos del partido.

Los minutos siguieron pasando, no vale la pena contar como; y el flaco se llevó el pito a la boca para terminar este calvario. Igualmente como manda la ética “futbolera” todos le recriminamos la falta de descuento. El flaco me abrazó y me acaricio la cabeza, en gesto de paternal consuelo. Como dicta la impotencia, yo lo putee. Como manda la dignidad, él se hizo el sordo y no me expulsó.

Juntamos el equipo y nos fuimos debajo de nuestro arco; comenzamos con los reproches de siempre: “¿Cómo te comiste ese gol? ¡En el medio pasan como por el patio de su casa! ¿Cuándo va a ser el día que vos cortes un centro? ¡Nadie hace un full táctico en mitad de cancha! ¿Para recibir hay que moverse? Y el clásico ¡¡¡Yo no vengo mas!!!”.

Todos tenemos la misma excusa; pero por dignidad ensayamos cualquier otra. Para no lastimarnos, lógico. ¡Qué equipazo! ¡Cómo nos cuidamos el alma! ¡Gracias equipo! La amistad, el fútbol y esta terca esperanza que huele a linimento, son una forma de vencer al tiempo, ¡aunque los lunes no podamos caminar…!