El lenguaje inconfundible del fútbol

Francka, Camilo

Tomó el bolsito y se fue. Atrás de un sueño, sin más pasaporte que su diestra, embarcó cuál polizón. El asado, en su patria, fue gargajeado por un número singular de individuos que lo dejaron fuera del sistema. Así se tuvo que ir: escapado, incomprendido, discriminado…

La enseñanza escolar nunca le explicó que, según los postulados oligarcas, ir en contra del poder es como tirarse de cabeza dentro de una pileta sin agua. En realidad, las calamidades de la vida lo privaron de recibir educación; de leer y escribir. Sin embargo, había algo en él que brillaba. Una hermosa manera de expresarse.

Llegó a latitudes desconocidas y consiguió una prueba en un club de la zona. Con poco idioma español entre sus cuerdas vocales, imagínese lo que le costó adaptarse a otro idioma. Hizo las inferiores y debutó en Primera. Le costó, es cierto, pero siempre, al ritmo de gambeta y pique corto, luchó por un porvenir mejor.

En la primera que tocó, con tan solo 18 años, se sacó dos tipos de encima y el balón, sin escalas, viajó hacia el ángulo izquierdo: inatajable para el arquero. Esa tarde, al pibe que seguía sin captar una gota del lenguaje adoptivo, lo despidieron con ovación y aplausos.

Hoy, seis décadas después de aquellas hazañas, las proezas de Froilán Pérez aún son recordadas. En su interior, descansa la rebeldía bien entendida que ningún galán con plata podrá callar.

Gracias al fútbol, que muchas veces le da un sentido de pertenencia único a los que son moralmente violados, y excluidos por el poder…

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