Félix Sánchez “Súper Félix”

Queipo Rodríguez, Antonio

El verano de 2004 lo pasé en República Dominicana con unos amigos. En La Española oímos hablar por primera vez de teléfonos tribanda y comprobamos cuánto tarda un celular en llenarse la barriga de energía a 125 voltios. Pero sobre todo descubrimos que de la cultura que viajó en las carabelas hace quinientos años a ese espejismo de primer mundo que venden los touroperadores queda poco más que el idioma que compartimos.

El viaje de ida coincidía con la primera fecha del Campeonato Nacional de Liga en Primera División. Echaba a andar en San Mamés el Barcelona de Rijkaard bajo la batuta de Deco y Ronaldinho, pero por más que buceamos en la interminable lista de canales de televisión por cable, fue imposible dar con una sóla que emitiera el partido en directo. Porque allí los chiquillos no saben de patear costuras hexagonales y nombres como Messi o Maradona les suenan a chino mandarín.

Los pequeños quieren ser como Alex Rodríguez, la tercera base de los Yankees de Nueva York que tiene la mejor marca de “jonrones” de las Grandes Ligas, y por eso es común encontrarlos en cualquier arrabal golpeando con todo el alma piedras o latas de refresco con trozos de madera o hierros oxidados. Cuando apenas levantan un palmo del suelo ya sueñan con cruzar el Golfo de México con un contrato de quince millones de dólares por temporada y que su retrato publicite Pepsi en los enormes cartelones de la capital Santo Domingo.

Pero cuando la venda se nos cayó definitivamente de los ojos fue en la madrugada del 26 de agosto. Entonces nos dimos cuenta de que hay gente en el mundo que no lleva sangre futbolera en las venas. Ese día el país se paró ante los televisores para ver a un atleta escribir la página más gloriosa en la historia de la isla. Félix Sánchez, “Súper Félix”, voló sobre las diez vallas del cuatrocientos de Atenas para colgarse al cuello la medalla de oro de los Juegos Olímpicos.

Hoy, casi cinco años después, ese hombre que llenó de ilusión los estómagos vacíos de una nación que camina a trompicones entre el segundo y el tercer mundo, hizo último en los Campeonatos del Mundo de Berlín. En la misma pista en la que Jesse Owens puso en jaque la utopía racial de un austriaco extrañamente iluminado, Súper Félix hizo el único borrón en una hoja de servicios intachable.
A mí me da lo mismo. Aquella madrugada de agosto, con una cerveza Presidente en la mano, decidí que aquel tipo sería para siempre mi súper héroe favorito.