Los Di Paolo

Arrese, Ramiro

¡Uy! Ahí vienen los Di Paolo, yo dije que vayamos a la canchita de la vía, pero nadie me hizo caso, ¿por qué vinimos a la de la barranca?

El circo que está acampando a la vuelta de casa nos empezó a complicar la tarde, justo se fue a poner en el potrero donde jugamos siempre, donde somos locales, y tuvimos que venir al bajo, yo dije pero nadie me escuchó y ahí están los Di Paolo, ¡los odio! Y encima están los cinco. En realidad no se que me preocupo, casi siempre les ganamos, los dos más grandes son dos troncos, el de mi edad, algo juega, pero el más chico es muy chiquito y ahí, hacemos la diferencia. Pero acá en la canchita de la barranca todo es más complicado.

Siempre nos dan el arco de abajo y la cancha tiene una inclinación imposible, si soltás la pelota, solita, llega al arco con una velocidad imparable, como si la hubiese pateado el propio Kempes.

Martín, el más grande, con la pelota en la axila, nos saluda desafiante:

– Hola, ¿qué hacen por acá?

– Nada, es que en casa se puso el circo y nos quedamos sin cancha, quien sabe hasta cuando-, contestó Juan, el más grande de mis hermanos, sacando pecho, mientras empezó a caminar hacia ellos, con una valentía admirable.

Después de conversar unos segundos, volvió hasta donde estábamos nosotros.

– Hoy es por la pelota- dijo.

– ¿Qué?,… ¡no!… ¡Para!,…. ¡Por la pelota no!, justo hoy que traje la que me regaló el abuelo, ¡NO! ¿Por qué no me hicieron caso? Y ahora encima esto, ¡mi pelota!

Nos miramos todos, yo no paraba de protestar.

La semana pasada había venido a casa el abuelo Ismael, ex jugador de fútbol, una gloria del barrio, ¡un crack!- decían todos -. Venía poco y ese día traía una bolsa con una pelota, que digo “una pelota”, era un poema, una LEO de salón Nº 4 colorada y blanca, mis colores; “para vos León”, – así me decía – ¡Qué caricia!, dormí con ella hasta hoy, ¿por qué la habré traído?

– Ya está, es por el fútbol, vas a ver que hoy ganamos- me dijo Juan tratando de consolarme mientras me abrazaba.

Y empezó el partido, con las típicas bravuconadas de todos los comienzos, alguna pata fuerte, foules no cobrados y hasta algún gol claro, lo daban palo, amparados en que el arco era de buzos y en la localía.

Lo cierto es que ni el clima ayudaba, esos nubarrones negros cubrieron todo el cielo y nosotros en un ratito ya perdíamos tres a cero. ¡Es que es imposible esta cancha!

Yo que juego siempre cerca del arco contrario, esperando mi oportunidad para meterla, hoy tenía que estar en todos lados, peleando y ayudando a mis hermanos. Los pases quedaban siempre cortos, trasladar la pelota, era una tarea titánica e improductiva, cinco a uno y el trágico desenlace era inevitable. ¡Mi pelota!, esta joya, en poder de los Di Paolo, cada vez que esta pensamiento volvía a mi cabeza, redoblaba inútilmente mis esfuerzos, con más y más furia. Nada podía torcer el destino.

Las primeras gotitas empezaron a caer, como si el cielo compartiera conmigo esta tristeza, jugábamos con la suerte echada y la lluvia se hizo cada vez más intensa, el desnivelado potrero era un barrial, empezábamos a disfrutar del enchastre, cuando de atrás de los sauces, apareció la abuela de los Di Paolo enfurecida, y tomando a Nicolás de una oreja, nos retaba a los diez y los obligaba a dejar el partido; el pánico, los gritos y las promesas de castigos provocaron el descontrol y la fuga, nunca estuve tan contento de que lloviera y de que nos reten, corrí lo más rápido que pude hasta mi pelota, la agarré y sin mirar ni una sola vez hacia atrás corrí sin respirar hasta doblar en la esquina de casa y me senté bajo el alero del quiosco, a esperar a mis hermanos, que llegaron enseguida, riéndose todavía agitados, empapados y embarrados.

– ¿De que se ríen?- pregunté furioso- Podría haber sido tremendo, ¡mi pelota nueva!– gritaba, casi llorando de la rabia-. Segundos después, entrábamos a casa abrazados, riendo por el tirón de orejas de la vieja a Nico.

Y acá estoy, a punto de dormirme, abrazado a mi pelota, todavía con algo de barro, recuerdo de una batalla de bario perdida, de historias de chicos, hermanos, amigos y caricias de un viejo.