Apretados

Quiñoa, Silvia Romina

Aquel atardecer, Andrés alentaba al Albo, augurando aplastar a Arsenal. Ardía Avellaneda “¡Aguante Albo! ¡Aguante Albo!”, aclamaba Andrés. Alrededor, abanderados adictos al Albo acompañaban. Alejandro Apo apostaba: “Arsenal abrochará al Albo”. “Alcahuete”, aseguraba Andrés.

Arsenal aparentaba astucia. Apenas apareció, advinieron aturdidores aplausos. Atractivas amigas arribaron agitando. Alentaban al Albo ardientemente. ¿Acaso Agustina andaba acompañada? Afirmativo. Ariel abrazaba apasionadamente a Agustina. Arrollador asedio. Angustiado, Andrés anhelaba adquirir algún antifaz.

Agustina arrancó: “Andás acá”. “Aparentemente”, arremetió Andrés. “Ariel, Andrés. Andrés, Ariel”, afirmó Agustina. “Ajá”, alegó apático. Andrés amaba a Agustina, aunque ahora ansiaba acribillarla. Ariel aseguró avanzar a adquirir algún aperitivo; Agustina asintió.

Albo asomó. Avalancha. Andrés agarró a Agustina. Accidentalmente, acabaron aplastados, apretados. “Acabar así amerita alguna acción”, aprovechó Andrés. “¡Alto! Andrés… ¿acaso aspiras a algo? Aposté a Ariel aguardando abandonar aquel ahogo…” Andrés acalló a Agustina asegurando: “Agus, aprendí a amarte”. Agustina abrazó a Andrés, abatida. Arsenal aprisionó al Albo… ¿afectaba? Ahora Andrés admiraba alhelíes.