Miami

Hinrichsen, Ana

El ascensor totalmente vidriado y profusamente iluminado baja, suave y silenciosamente, paralelo al edificio. Dentro de él, una figura solitaria también baja, mágicamente suspendida en el vacío.

Desde allí la vista es increíble. Sobre el fondo azul noche del horizonte e indistinguibles unas de otras, las luces de la ciudad y las estrellas titilan al unísono. No es seguro si el cosquilleo en el estómago lo provoca el descenso o lo que espera al salir del edificio y bajar por los peldaños.

En el saludo, la alegría del reencuentro. En el auto, el mismo placer. Tanto tiempo ha pasado, tantas cosas que indiscretamente y sin ningún pudor desaparecen, sólo existe, como ayer, aquel sentimiento hambriento y déspota, como antes, como la primera vez.