El altillo

Neri, Carlos Alfredo

En el altillo cada objeto proyectaba su propia sombra y, en conjunto, generaban una serie de claroscuros dignos de una obra de Caravaggio. Algunas páginas dispersas sobre el antiguo escritorio que el abuelo solía usar como un transporte a otros universos.

Su taza de café con el escudo de San Lorenzo (única pasión verdaderamente irracional del viejo escriba) y la ausencia de cualquier vestigio de confort tecnológico.

Juan y Carlos, hijo y nieto respectivamente, entraban por primera vez a ese altillo luego de la partida del sabio anciano.
Decidieron no tocar nada. Sólo observaron en silencio.