El violinista

Durán, Jorge

Él caminaba alrededor de la plaza sin parar. Yo con mis doce años lo seguía.
Cuando le hablé en inglés me aceptó.
Lo llevaba a un bar y lo hacía comer algo con el dinero que me daban para merendar en la escuela.
Lleva un estuche de violín y dentro de él el instrumento roto.
Alto, delgado, el pelo rubio le caía por los hombros.
Mi padre me dijo que vino a Buenos Aires para dar un concierto.
En la mitad de él se quedó en blanco. Bajó del escenario mientras la orquesta repitió tres veces el último compás para hacerlo reaccionar.
Fue inútil, salió por el centro de la platea hacia la calle quebrado en un sollozo profundo.
Un día me regaló el estuche con su violín.
Ya no volví a verlo nunca más.
Logramos que un luthier lo restaurara amorosamente.
Hoy mis nietos estudian con aquel violín.