El padre de Mateo

Hinrichsen, Ana

Después de acompañarlo unas horas, me despedí de Mateo con un beso en la frente.

Pasé por la habitación donde estaba su padre viendo televisión. Era raro que una persona de rigurosa misa no estuviera siquiera rezando al lado del primogénito que agonizaba inconsciente. Sin incorporarse de la cama se justificó: “Sé que ver televisión parece de lo peor, pero sabés que esto no es para mí”.

Al día siguiente fui al entierro. A ninguno de los dos volví a ver más.