Corrales

Camaca

Las relaciones entre Damián Corrales y yo, se puede decir que fueron a su tiempo, cordiales. Es cierto, no iban más allá del tratamiento de un comerciante con su cliente. Es más, si me pongo a pensar en la cantidad de palabras empleadas en nuestras conversaciones, éstas, no pasaban de veinte por ocasión. Cada vez que aparecía, sabía lo que me iba a decir, lo que invariablemente le respondería, mis sobrias preguntas, sus firmes respuestas. Ese ir y venir por los mismos diálogos, sin dudas, nos habían afianzado, y hasta me atrevería asegurar, que como parlamento de una obra inconclusa, lo hacíamos bien.

Cuando decidí cambiar el libreto, conjugar nuevos verbos, moverle el piso, como quien dice, él se mantuvo en sus treces, sin inmutarse. Cuando volví a insistir, supe que había recogido el guante. ¿Qué extraños mecanismos nos fueron empujando a ésta salida tan poco elegante, un tanto inverosímil y definitivamente sin solución? No sabría decirlo, como tampoco Corrales.

Seguramente nunca se le pasó por la mente tales cosas, o quizás, si. Sospecho que la respuesta la debe de tener algún invisible titiritero que ha manejado con astucia a dos torpes marionetas. O quizás, un sabio matemático que trazó líneas, elevó potencias, y en una ecuación rematada en forma contundente, en el más bello estilo, con claridad meridiana, cristalizó su felicidad.

En cambio yo sigo tratando de hallar una respuesta, tal vez la clave no se encuentre en las palabras, sino en los gestos, en los movimientos tan sobrios de sus manos cuando señalaban tal o cual producto. En esa manera de apoyarse en el mostrador, o en su forma de acariciarse los cabellos. Tal vez allí fue hilvanando la estrategia más sutil, que desencadenó en ruptura de relaciones, agresión verbal, y finalmente, en golpes. Si hubo algún rechazo de mi parte, señalo que nunca me cayeron bien esos tipos tan seguros de si mismo, con aires de superioridad.

Sentados ambos en el banquillo de los acusados, con la parcialidad que me impone la condición de involucrado, concluyo que las cosas caben dentro de estas alternativas: si acepto que la culpa se mida por partes iguales, reconozco el porcentaje que me corresponde. Claro que al hacerlo, parto del supuesto que Corrales es consciente de lo que ha hecho, que la estrategia existió, que los gestos y ademanes no fueron mera casualidad, como tampoco la actitud de hacerse el sorprendido, como que no entendía, como que nunca había estado antes ni reconocido sus habituales palabras. Por una vez su actuación me superó, y el reaccionar, como lo hizo, fue el puntillazo final de un maestro.

Si doy un paso al costado, y asumo mayor responsabilidad en la culpa, estoy reconociendo que soy un poco hábil comerciante, capaz de confundir a un cliente con un adversario, y de no tener en claro los límites de la buena educación. Sin olvidarme, claro, que la forma de ser de Corrales me instó a actuar de esta manera, aunque como atenuante, no es mucho.

Si finalmente retrocedo, y confieso que la culpa es solamente mía y que Corrales fue sorprendido en su buena fe, digo que estoy buscando mi destrucción material, que tomo en seres más buenos y puros que yo, represalias que tendría que hacerlas con quienes se la merecen, que no tengo una noción de la vida y de los hombres, que pierdo el tiempo, que postergo lo importante, para concentrarme en problemas menores.

En estos momentos, cuando doy por terminado el “Caso Corrales”, un ladrillo hace saltar los vidrios de la ventana, otro estalla en la puerta. Corro entre el ruido de estanterías que se vienen al suelo, y veo como Corrales, en medio de la calle, lanza todo tipos de objetos, con fuerza, con rabia, blasfemando soezmente, como poseído por algún mal. Sé donde está mi revolver, doy unos pasos en su búsqueda, pero, algo me detiene, y para no caer en contradicciones, vuelvo a pensar como al principio, un tanto desorientado…