Día del padre

Adonaylo, Susana

Vino de Europa con la primaria hecha, pero era muy inteligente; sacaba los resultados de los problemas de mi escuela a la perfección, hablaba varios idiomas. ¿Dónde había aprendido?
Un día alquiló un lugarcito en un gran mercado, compró dos caballetes, una tabla, un cuchillo y papel de envolver. Traía de Santa Fe unos cajones de madera de 20 kilos con manteca Sancor y Jalbá. Se formaban colas de hasta 50 metros para comprar. Después alquiló un local, y otro, y otro, y otro, hasta cinco. Colgaban decenas de kilos de salamines, jamones, mortadelas, 10 toneles con aceitunas verdes, negras, griegas.
A la noche, en casa, no nos alcanzaban las manos para contar todo lo recaudado. Luego nos íbamos a la cama. Yo por un rato a la grande, así mi papá me contaba un cuento y me rascaba la espalda hasta que me dormía.
Pero había algo que complicaba todo. Mi papá era JUGADOR. De póker, de burros, de ruleta: jugaba a todo y… ¡perdía todo! Hasta la motoneta de mi hermano, los cinco puestos del mercado… Así transcurría la vida de nuestra familia. No teníamos casa, coche, ni motoneta, pero teníamos un papá que entonces puso un puestito en la feria.
Hasta que un día pasó algo terrible. Mi Mamá, que vino a cuidar a mi nene para que yo a la mañana pudiera hacer un trámite en la facultad, quedó paralizada en la cama. La atendían clínicos, neurólogos, psicólogos: nadie sabía qué le pasaba. Hasta que nos enteramos que la señora que les iba a alquilar un departamentito, porque tenían que dejar el de ellos, supo por chismes del barrio que mi Papá era jugador y se lo alquiló a otra gente, y se lo dijo a mi Mamá, que se lo tragó solita.
Nosotros ya éramos grandes, trabajábamos y con la ayuda de un amigo les compramos un departamentito a nombre de ellos y le llevamos la escritura a mi mamá. Al otro día, luego de un mes de parálisis, mi mamá comenzó a caminar. Mi papá jamás volvió a jugar ni a la lotería, y desde entonces comenzamos a reconocer todas las cosas buenas que había hecho en la vida, cómo nos había querido y a todos los que, cuando tenía plata, había ayudado en la familia a recibirse de abogados, médicos, odontólogos. Y a pesar de que ahora eran tan pobres mi papá había dejado de jugar… ¡por amor!