Mi padre

Carrasco de Goldman, Susana

Bajito, muy bajito. Todo él era alegría, se levantaba silbando las zarzuelas que lo acunaron.
Trabajador como pocos. Nunca se quejaba. Movedizo, con sus ojos claros llenos de bondad. Lo subieron a un barco a los doce años y jamás volvió a su amada Cádiz, no pasaba un día que no la mencionara o contara algo sobre ella.
Vino trabajando junto a su padre en el barco como ayudante de peluquero y con las propinas al llegar a Brasil se compró un cacho de bananas. La indigestión le duró más que las bananas.
“No pudiste estudiar y eras sabio. Te devoraste la vida, saboreándola y elevando tu mano hacia la boina te recuerdo despidiéndote siempre con un ¡olé!”.