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Peña, María Cristina

Entramos al cafecito de siempre, nos sentamos a la mesa de siempre y nos atendió el mozo de siempre. Pediste el cortado mitad y mitad con sacarina y yo un café. Íbamos dos veces a la semana, como dos muchachos y no padre e hija. Nos dispusimos a mirar pasar la vida por el ventanal que daba a la avenida. Comenté que había leído un artículo en el que la novedad era que el Universo tenía finitud. De pronto te transformaste, fuiste joven, vital, arrogante y, con fundamentos, afirmaste que eso no era posible, que el Universo era infinito. Ojalá te hayas equivocado, viejo querido, porque cómo haré para hallarte cuando salga a buscarte en esa infinitud. Si es finito tendré esperanza de que aún, allá, en la última estrella saldrás a mi encuentro y tomaremos otro café.