Boca es local

De Cicco, Rubén José

Hace mucho calor ese enero de mil novecientos setenta y cinco. Juan cierra un rato antes el taller, harto ya de soportar la temperatura acrecentada por el techo de chapas y por la soldadura autógena. Por el largo pasillo que lleva a su departamentito, deja atrás a la sarta de melenudos fumando, sentados a la sombra. Sube las chillonas escaleras del conventillo. Llega hasta su mujer, de batón transpirado y húmedas mechas pegadas a la frente. ¿Qué hacés?, dice él. Y ya ves. El mira por la única ventana que da a la calle, ella cala una sandía. Enciende la radio y le da fuego a un Particulares. Seguí fumando vos, que después la que aguanta tu tos en la cama soy yo. Busca la Oral Deportiva para escuchar un poco las noticias del fútbol. Va hasta la pileta y quitándose la camisa se refresca un poco. Piensa, el domingo Boca es local y por ahí me hago una escapada a verlo. ¿Y porqué viniste más temprano? Larga una bocanada de humo, apaga el pucho en la maceta y alzando los hombros le contesta: Porque el calor me tenía podrido y es enero, trabajo no sobra. A vos nunca te sobra nada, ¡ni trabajo, ni plata, ni cariño! Nada. Con calor, con frío, siempre igual. Él no la escucha. Come un pedazo de la fruta mientras se entera por Zavatarelli de las posibles formaciones. Llega el domingo. Arma un bolsito. Le da un beso que apenas roza la mejilla. Chau Elsa. Ella no se molesta en contestarle. Juan ya no volverá.

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