Sones

Parisi, Carlos

El Abad tiene muy claro cuáles son las limitaciones que le impone su estado. También sabe cuál es la que más le cuesta sostener: amar… Cual animal que acude al llamado de la naturaleza, siente que vuela por los aires con las alas desplegadas cada vez que la ve. Ella, que sabe de ese oculto amor, no deja de hacerle notar sus senos cuando visita la Abadía. Seria, la dama juega al gato y al ratón con el de toga de satén, que sólo atina a mostrar una fingida risa, mientras -despierto- sueña que esa zorra lo atrapa y lo hace suyo. Cuando vuelve en sí, se resigna a que sólo los laicos puedan asir el amor carnal y que, por su condición religiosa, no debe oir los sones del deseo si no quiere terminar por odiar su ministerio. Así sea.