BOOGIE en la mina de gorras verdes

ZAF

Cinco p.m. hora del relevo.
– ¡“Aceite”! ¡Tráigame a esa mal cogida perra a mi oficina ahora mismo!- vociferó el General, dirigiendo su dedo hacia la joven que, semidesnuda se encontraba un tanto distante del resto de los subversivos.
Boogie la ojeó bien, lo suficiente. – A la orden,… mi general-, devolvió con su voz ronca.
Tomó a la muchacha del brazo derecho, con la mano que no cargaba el fusil, y la arrastró sin palabra hasta que ella comprendió que si no caminaba el infeliz le arrancaría la piel contra el piso. Golpeó la puerta.
– Adelante cabo-, respondió la voz.
– Déjela en el rincón y retírese-, adelantó el General fríamente-. ¡Y descanse su arma la próxima vez que se dirija a su superior, inepto! ¡Cinco sanciones y hoy hace doble turno!
– No se preocupe, no volverá a suceder-, y acribilló al viejo en la confortabilidad de su propio escritorio–. Ya vienen los otros perros-, murmuró y sonrió.