El pequeño Boogie

Yudchak, Héctor

Desde niño tuvo cierta inclinación por la violencia. Como aquella vez que diseccionó una rana que encontró en el jardín de su casa enfrente de sus tías abuelas, a la elegante hora del té. “Qué ocurrente” fue lo único que se le ocurrió decir a su padre, mientras lo arrastraba de la oreja derecha hacia el fondo de la casa, donde le daría una larga y aburrida lección de moral y buenas costumbres. El pequeño percibió claramente que la moral y las buenas costumbres eran aburridas y decepcionantes, así que decidió que estaba en el buen camino y persistió en su tarea quirúrgica con variados animalitos, siempre con testigos impresionables, como sus maestras, compañeras de jardín y primaria, vecinas, etc. Cuando personas desprevenidas le preguntaban el clásico “qué vas a ser cuando seas grande”, él invariablemente respondía “asesino cereal”, provocando la sonrisa por el equívoco vocablo gramíneo, sin que nadie se percatarse, entonces, de la rigidez de su réplica ni del frío brillo que emitían sus ojos claros al contestar.